miércoles, 25 de marzo de 2015

CATEDRÁTICO DEL AMOR





                                                                             


1




Dos meses atrás


Aparcó el coche bajo el tórrido sol de verano en el vacio aparcamiento del campus. Tomó del asiento cercano las pocas pertenencias y se apeó del vehículo. La alta temperatura hizo que acelerase los pasos en busca del frescor del interior del edificio. Allí, tras un cubículo acristalado, un bedel le informó dónde se encontraba la oficina de Secretaría.
Metros más allá, sobre la puerta, un cartel de «PASE SIN LLAMAR» daba acceso al recinto. Entró. Un mostrador, tras el que se encontraba una mujer de mediana edad y aspecto avinagrado atendiendo al público, dividía el despacho.
—Tome número de turno —fue la orden que recibió Sheila de la funcionaria.
Sheila buscó con la mirada la máquina expendedora pero tan solo encontró varios archivadores, un banco de aspecto incómodo y nada más.
—Creo que se refiere a esto —murmuró una voz masculina detrás de ella. Cerca, demasiado cerca.
Se encaró al desconocido, al que no había escuchado entrar, con la intención de reprocharle su proximidad y quedó sumergida en el azul profundo de unos ojos enmarcados por unas espesas pestañas negras.
Por unos instantes dejó de respirar hipnotizada por la mirada del hombre y el atractivo rostro.
 La piel bronceada resaltaba el color del iris, una nariz recta y unos labios gruesos, tentadores, que sonrientes marcaban una ligera arruga sobre la alzada comisura le hicieron perder la noción del tiempo.
«Perfectos para besarlos lentamente. Muy lentamente» se regodeó en el pensamiento.
De repente, toda la magia del momento fue interrumpida por la aparición de una mano delante de su cara.  
Parpadeó confusa y fijó su mirada color miel sobre el papel amarillo que se sacudía entre unos dedos fuertes y largos.
—¿Disculpe? —susurró e intentó centrar los pensamientos en algo que no fueran esos labios.
—Le decía que la secretaria se refiere a este trozo de papel que  la estoy  ofreciendo hace unos minutos —contestó burlón el hombre.
Al escuchar el tono, su genio, reaccionó. « ¿Pero quién se creía este tipo que era?»
—Señorita, mis dedos comienzan ya a entrar en estado catatónico.
Sheila alzó el mentón, miró la mano frente a sus ojos y segundos después, con un brusco tirón, tomó el ticket.
—Sesenta y nueve —nombró hastiada la secretaria— ¿Sesenta y nueve? —repitió impaciente.
—Si no me equivoco, es su número —volvió a susurrar el desconocido—. Buen número.
Le guiñó un ojo, penetró en la zona reservada al personal y se acercó a la secretaria que dibujó al instante una encantadora sonrisa en el aburrido rostro. El atractivo hombre se agachó al nivel de la mujer y susurró algo en su oído. Molesta, sin saber por qué, deseó ser de nuevo objeto de la atención de este.
La carcajada masculina le sacó de ese pensamiento. Alcanzó a ver como la secretaria daba un manotazo al hombre, que se dirigió hacia la impresora.
—¿Está o no está el sesenta y nueve?—volvió a preguntar enfadada la mujer.
—Sí —respondió—. Yo, soy yo. «¿Quién más puede ser si estamos solas tú, yo y el adonis?» —replicó Sheila grosera y para sí.
Centró la atención sobre la administrativa a quien entregó el sobre que portaba. Ésta lo abrió y extrajo los papeles.
—Fotocopia del carnet —dijo la funcionaria.
—¿Perdón?
—Falta la copia del DNI. Sin ella no podemos admitir la matriculación.
—Tiene que estar dentro. Seguro que se ha quedado en el fondo.
Con un gruñido de fastidio la secretaria volvió a abrirlo y miró en el interior.
—No está. Sin ese documento no puede matricularse.
—P-pero… ¡tiene que estar ahí! —farfulló Sheila.
Enfadada, la mujer, sacudió con fuerza la funda de papel marrón. Enarcó con suficiencia una ceja ante el nulo resultado.
—No-es-tá —subrayó.
Sheila rememoró la escena del día anterior en el apartamento.
Paula, a quien todas las amistades llamaban Witch, tumbada en el sofá con un paquete de Kleenex sobre el regazo y el mando a distancia en la mano, lloraba a moco tendido al mirar embobada la televisión y a los protagonistas del culebrón que veía todas las tardes.
—¿Witch?—llamó— ¿Witch?—repitió impaciente.
—¡¿Qué?! —contestó e insto con un gesto de la mano  que esperara unos segundos.
Sheila inspiró profundo. Miró la pantalla y vio a la pareja protagonista que se besaba con pasión.
—¡¡Sí!! —gritó jubilosa la muchacha mientras aplaudía entusiasmada e intentaba extraer más pañuelos de papel para secar las lágrimas— ¡Por fin! —hipó y se sonó con estruendo la nariz.
Ella asistía en silencio a la escena. La música de los anuncios inundó el salón, momento que aprovechó para hablar.
—Si bajas el volumen y dejas de lloriquear como una posesa podremos mantener una conversación  —comentó irritada.
Una sonora pedorreta fue toda la respuesta de su amiga que continuó enjugándose las lágrimas.
Hizo caso omiso a la burla y comenzó a interrogarle.
—¿Dónde está el sobre de matriculación?
—Ahí —señaló Witch  con la atención puesta en el monitor de televisión.
—¿Ahí dónde?
—Donde siempre.
Sheila puso los ojos en blanco.
—Y ¿dónde es donde siempre?
—Pues ahí —replicó enojada la joven.
—Me niego a seguir con esta conversación de besugos —respondió Sheila—. Para un recado que te mando…
—¡Para el carro morena! –interrumpió Paula y la atendió unos segundos—. El sobre está encima del mueble del recibidor. La copia del carnet y las fotografías están dentro, al igual que la matrícula. Yo misma las puse esta mañana. Y ahora no seas pelma y déjame seguir con la novela —terminó de decir justo cuando comenzó a sonar la pegadiza canción del serial.
Con la batalla perdida, Sheila, tomó el sobre  junto con el bolso  y dejó ambos objetos sobre el tocador, preparados para la mañana siguiente»
Y allí estaba. Ahora. Maldiciéndose por no haber verificado el contenido antes de salir. Y más al saber los despistes de su difunta amiga. Difunta, sí. Porque en cuanto llegara a casa la mataría.
—No está —volvió a repetir por tercera vez la secretaria.
El desconocido entre fotocopia y fotocopia no perdía detalle de la escena.
—Lamento la confusión —se disculpó Sheila—. ¿Podríamos sellar hoy la matrícula? Mañana a primera hora le entrego en mano la fotocopia… «Dichosa» —terminó en su interior.
Antes de que acabara de hablar, la cabeza de la funcionaria  negaba enérgica.
—No puedo admitirlo. Tendrá que venir usted mañana —y recalcó— con toda la documentación en regla.
—¿Y no podría hacerla usted? Tengo aquí el carnet —tanteó esperanzada.
—No, no nos está permitido hacer fotocopias a personas ajenas al centro.
Dicho esto metió los documentos en el sobre que extendió hacia Sheila.
—Tendrá que volver mañana.
Apretó los dientes y lo tomó.
—Pero María, mujer —intervino el atractivo hombre— ¿Cómo le vas a hacer venir otro día por esa nimiedad?
La secretaria se giró hacia él.
—Sabes que las normas son muy estrictas. Si el rector tuviera conocimiento…
—Pero el rector no lo tendrá —cortó el hombre y acercó su impresionante físico al mostrador. Colocó un mechón de cabello de la mujer, seductor y mirándola con sus profundos océanos susurró con voz grave—. Estamos solos tú y yo…
La mujer se sonrojó.
—…Y esta señorita —prosiguió él—. Tan solo tienes que deslizar con tus bonitas manos  —y tomó estas al decirlo—  el documento en la máquina. Pulsar con estos deliciosos dedos —y acarició los mismos— el botón de imprimir y esta señorita…  —miró a Sheila unos segundos y volvió la atención a la ahora temblorosa funcionaria—…y yo —susurró— seremos mudos testigos de tu generosidad y…—guiñándole un ojo— de tu gesto de rebeldía ante unas absurdas normas. ¿Qué me dices?
El rostro de la mujer reflejó el cúmulo de emociones ante las  inocentes caricias, de las que ella había sido mudo testigo e involuntaria partícipe, ya que su cuerpo reaccionó ante cada una de las palabras susurradas por el hombre.
Él, al ver aún dudar a su compañera tomó entre  los dedos el mentón femenino y lo acarició.
—¿Nos atrevemos? —instó.
 Al igual que un resorte, la funcionaria se levantó de la silla, encaró a Sheila,  y extendió la mano.
—Como favor personal hacia mi compañero Diego, por esta vez.
Antes de que cambiara de opinión, Sheila, alargó el carnet hacia la mujer que rauda lo tomó, fue hacia la impresora, y segundos después al sentarse con una sonrisa de regocijo en los labios se lo devolvía.
—Gracias — y él tomó la mano de la secretaria y besó el dorso.
—Lárgate de aquí, zalamero —cuchicheó la mujer—, antes de que nos pierdas a los dos.
El hombre rió, volvió a la impresora y recogió las fotocopias que había realizado. Ladeó la cabeza hacia Sheila, guiñándole  un ojo con complicidad y salió de detrás del mostrador.
Mientras abandonaba de la oficina dos pares de ojos femeninos no dejaron de observarle en ningún momento.
—Vaya —murmuró Sheila. «Con Diego» pensó.
—¡Sí! —suspiró la administrativo que con varios golpes secos selló los papeles de la matrícula y dio a la joven el resguardo correspondiente.
—Gracias.
—No hay de qué.
Sheila se encaminó hacia la salida. Desanduvo el pasillo por el que había accedido a Secretaría para volver al caluroso exterior, a la mitad del mismo vislumbró una placa que señalaba los aseos.
«Después de esto necesito refrescarme» se dijo. No conseguía quitar de su mente al hombre que  la había ayudado de manera tan desinteresada y las palabras y gestos seductores de él. Aún sentía el hormigueo que habían provocado en su cuerpo y en su cabeza pululaban sugestivas imágenes. Rió en silencio y se refrescó el rostro y la nuca. Miró su reflejo en el espejo y atusó los cabellos cortados a lo garçon, recompuso el ligero suéter de tirantes, tomó la mochila  y salió rauda tras mirar la hora en el reloj. Giró por el pasillo en forma de T, que daba acceso a los distintos aseos, para salir al principal pero chocó contra un muro… de músculos.
Trastrabillo hacia atrás, pero  antes de tocar el suelo, unos fuertes brazos la tomaron por la cintura y se encontró pegada a esa pared  musculosa.
En un acto reflejo se sujetó a ese apoyo y sintió los fuertes bíceps contraerse entre sus dedos.
—Por lo visto sacarle de apuros va a ser mi trabajo de hoy —susurró sobre su rostro la voz de Diego.
Sheila inspiró profundo ante la voz grave y seductora. Craso error. Sus sentidos quedaron sumergidos por el aroma de él. Una mezcla de colonia, el olor de la bronceada piel y un ligero matiz avainillado.
Alzó la vista hacia esos labios tentadores y sus ojos dorados se perdieron en la profundidad azul.
La mirada del hombre ya no era burlona. Las pupilas estaban dilatadas y sumergían esos océanos en la oscuridad. Sintió como  la besaba con la mirada y deseó con intensidad que fuesen sus labios.
Separándose unos centímetros, Diego, estudió el rostro femenino, que en ese momento se hallaba alzado hacia el suyo, los ojos cerrados, sus labios entreabiertos. Húmedos. Ofreciéndose. Recordó la frase de ella perfectos para besarlos lentamente al mirarle momentos antes en la oficina. Le sorprendieron las descaradas palabras hasta que comprendió que ella las había pronunciado en voz alta de manera inconsciente.
Notó en las sienes el desbocado latido de su corazón. Inspiró y se impregnó de la esencia femenina
—Estoy más que dispuesto a tu proposición —susurró a escasos milímetros del rostro de femenino.
«¿Proposición? —se dijo Sheila— ¿Qué proposición?» Pero cerró la mente a todo pensamiento ajeno a esa boca.  Los labios seductores rozaron suaves los suyos. Con una leve caricia de segundos.
 Diego se apretó contra ese cuerpo, amoldando cada músculo del suyo a las suaves redondeces. Se acoplaban a la perfección y un solo pensamiento cruzó por su mente.
«¡MIA!».
Y quiso marcar esa posesión.
Recorrió con suavidad el perfil de esa boca. Acariciando con la punta de la lengua la sensible piel. Mordisqueó el grosor del labio inferior, saboreó el interior del mismo. Tentando. Excitando. Degustando.
Su caricia fue correspondida y poseyó esa boca. Jugueteó y se enredó con ella en íntima caricia. Un latido en la entrepierna le avisó que entraba en un juego peligroso. Pero no tuvo la fuerza de voluntad, ni quiso tenerla, para separarse de ese cuerpo que respondía con pasión.
 La voz  y la recortada  silueta de un hombre tras el traslucido cristal de la puerta que daba acceso a los aseos los sacó a ambos de ese mágico momento.
—¡Mierda, el rector! —murmuró Diego.
 Deseó que la tierra la tragase allí mismo. ¿Qué hacía ella entre los brazos de un total desconocido besándole? Enfadada consigo misma por su debilidad se separó del agarre.
—Yo no formo parte de su trabajo, está  usted muy equivocado —siseó—. En ningún momento he pedido su ayuda y ahora si me disculpa creo  que hemos acabado.
—¡Ah! Está usted ahí —la figura que momentos antes se vislumbraba penetró al interior del  pasillo—. Le andaba buscando.
Sheila giró sobre sus talones, caminó con dignidad hacia la puerta y salió.
—No, no lo estoy —murmuró Diego para sí mismo—. Volveremos a vernos.

Y atendió a su superior. 


continuación

6 comentarios:

  1. Biennnnnnnnn, ya esta aquí el tanto esperando libro .... al menos tendremos la oportunidad de ir desojando las aventuras de esta parejita que promete y muy ,mucho las aventuras que les esperan ... gracias cat por ser generosa y compartir con tod@s tus aventuras y relatos ... mucha suerte besotes

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    1. Gracias a ti por leer, comentar, animarme y un largo etcetera.

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  2. Biieennn!!!!!!!!...muchísimas felicidades...seguro que lo vamos a disfrutar un montón...besis estupenda...
    Cris

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    1. Gracias cielo, eso espero y deseo que disfrutéis tanto con él como yo lo hice al escribirlo. Muakis!

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  3. nenaaaa.. empiezas fuerteeeee... anssss cm me encanta leerte.... bsss

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  4. nenaaaa.. empiezas fuerteeeee... anssss cm me encanta leerte.... bsss

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