jueves, 13 de marzo de 2014

SEGUNDA OPORTUNIDAD

No solo de sexo vive el hombre o la mujer. Aquí os dejo un relato que no es del género que suelo poner en el blog pero me apetecía compartirlo. Saludos.


«¿Cómo lo he permitido?»
 Yago, extendió, maquinal, la espuma de afeitar sobre la barba, retiró la porción que cubría los labios y comenzó a recortar.
Su mano se movía con rapidez. Dibujaba caminos de piel sobre el azul espumoso. Sonrió a su reflejo con tristeza. En su mente se acababa de dibujar la figura de Leire sentada sobre la taza del inodoro, mirando extasiada, como él se rasuraba.
—Estás muy sexi cuando te afeitas —le había oído decir miles de veces, con una sonrisa insinuante y ese brillo, que tan bien conocía, en sus ojos castaños.
Él, le sonreía a través del espejo lanzando con su mirada verde íntimos mensajes. Leire reía y se escabullía llena de promesas.
La punzada de dolor le sacó de los recuerdos. Masculló una maldición entre dientes, tomó un pedazo de papel y lo puso sobre la sangrante herida. Hasta ese pequeño gesto rememoraba a la mujer de su vida. Cuando le ocurría, era ella quien rauda curaba la diminuta hemorragia y con un beso comentaba:
—Pero que peligro tienes.
  Con pasos decaídos fue hacia el dormitorio. Miró con tristeza el vacío hueco en la cama. Tenía que cambiar las sábanas pero aún quedaban restos del olor de Leire en ellas, y no era capaz. Se vistió y se encaminó al sofá donde el mando a distancia le esperaba.
Zapeó aburrido. Mientras miraba pasar las cadenas volvió a importunarle el punzante pensamiento.
Él había consentido que la relación de ellos llegase hasta ese punto. Y ahora allí, solo en el salón, deseaba no haber sido tan tajante en su negativa de irse de vacaciones.
Leire había insistido en que ese año le apetecía disfrutar fuera del ambiente rutinario en el que se movían. Él, testarudo, se había negado. Resultado. Al día siguiente la vio marchar.
Y lo peor de todo es que desconocía por completo su paradero. Había apagado el móvil y él llevaba una semana de auténtica tortura.
Los gemelos le habían insistido en que no llamase a emergencias porque su madre estaba bien. Hablaba a diario con ellos pero por mucho que perseveró no quisieron facilitarle ningún dato. Los tres se habían confabulado contra él.
Las palabras de Ismael ante sus reproches le cayeron como un jarro de agua fría.
—Al menos a ver si esto te sirve de lección y comienzas a darte cuenta del valor que tiene mamá.
Iba a responder cuando Mario le interrumpió.
—Has dejado que la rutina inunde tu vida, vuestra vida —miró a su padre con evidente enfado—. Mamá lleva lanzándote señales años.
—¿Años?
Ambos asintieron.
—Pero como tú vives en tu mundo y solo miras tu ombligo.
—Largaos de aquí y no me toquéis más los cojones —fue la ruda respuesta de él.
Y lo hicieron.

*****

—¿Habéis ido a ver si vuestro padre necesita algo? —preguntó Leire por enésima vez.
—Ya te hemos dicho que sí. ¿Quieres dejarlo estar ya?
—Pero es que…
—Mamá, necesita este escarmiento, así a tu vuelta… porque ¿vas a volver, no?
Mario estudió en la pantalla del ordenador el rostro de su madre. Estaba preciosa. Sus ojos brillaban hipnóticos y contagiaba la alegría que sentía al ver su sueño hecho realidad. Por fin el relato que tantas y largas noches en vela la había tenido escribiendo, veía la luz. Estaba radiante.
Ante el silencio prolongado de su madre, insistió.
—¿Mamá?
Ella suspiró.
—Pues claro. No podría estar lejos de vosotros dos tanto tiempo.
Los hermanos se miraron, tras esto, observaron de nuevo la madura cara de su madre.
—Pero —comenzó a decir ella—, la situación en casa no será la misma.
Ante la atónita cara de sus hijos Leire expuso.
—No adelantemos acontecimientos. Aún me quedan días de promoción y largas horas en el hotel donde aclarar mis pensamientos.
Terminado el hangout. Posó el portátil en la cama, y se estiró en el mullido colchón.
Eran las primeras vacaciones que pasaba sin Yago.
Le echaba mucho de menos. En realidad, echaba de menos bastantes cosas entre ellos. Risas, confidencias, miradas… hasta el sexo.
Inspiró profundo para impedir que las lágrimas enrasasen sus ojos. Se habían dejado dominar por la rutina, y ya se sabía, que esta terminaba minando el amor.
No. Eso no era cierto. Ella aún le quería pero ¿le amaba?
Por supuesto que el amor que sentía por él no era tan apasionado como cuando tenían veinte años. Era más pausado, incluso se podía denominar tierno. ¿Menos intenso? A veces se lo preguntaba y ahora, en la soledad de la alcoba impersonal del hotel, ante el cúmulo de sentimientos que la envolvían, su mente no dejaba de elucubrar sobre ello.
Que le echaba en falta, estaba claro. Un cuarto de siglo compartiendo vida con una persona no se podía borrar así como así. Tantas vivencias. Buenas y otras no tanto. Dos hijos. Gemelos. Que les hicieron pasar tantas y tantas noches desvelados.
Pero la vida se les había ido escapando de entre los dedos. Los largos horarios laborales tan solo conseguían que las horas en las que ellos pudieran disfrutar el uno del otro, terminasen dormidos en el sofá.
Los fines de semana, encerrados entre las cuatro paredes de su hogar. Y así, las semanas, los meses, los años… iban pasando.
Ahora que los polluelos habían dejado el nido, la casa se les caía encima. No tenían nada que decirse, no tenían nada en común. ¿O sí?
Yago se había negado a implicarse en su nuevo mundo. Estaba casi segura que él pensaba que era una tontería, que ya se le pasaría. Pero no. De eso estaba segura. Siempre había escrito. Lo fue dejando por la vida familiar, porque no encontraba nada de lo que inspirarse en esa vorágine de rutina. Pero ahora sí. Ahora que sus musas habían vuelto. Nada ni nadie le iba a decir lo que podía o no podía hacer o escribir o ¡VIVIR!.
Y lo haría, con él o sin su compañía.
El sonido de un mensaje en el facebook la hizo volver la cabeza hacia el portátil. Lo vio borroso y se dio cuenta que amargas lágrimas habían pugnado por salir de su encierro.
Se había jurado que jamás volvería a llorar pero allí estaban.
Se durmió abrazada a la almohada.

*****

Casi tres semanas sin saber de ella. En esos días se había ido dando cuenta de todos los errores cometidos. Y lo que era más importante. Que la amaba. Con toda el alma. Que él no era nada sin tenerla a su lado. Que los días se hacían insoportables y las noches… eternas.
Decidió fregar lo que se había ido amontonando en la pila, por desidia.
Estaba enjabonando cuando el timbre de la puerta sonó insistente.
—Ya voy —gritó.
Serían los chicos, para no faltar a la costumbre, se les habría olvidado las llaves.
Abrió con las manos cubiertas de espuma.
—Buenos días. ¿Leire Serrano Martínez?
—No está en este momento. Soy su marido.
—Lo siento pero es un paquete a su nombre y tan solo puede recogerlo ella. A lo sumo si le firma como representante…
—Sí, ya, vale —cortó seco Yago—. Déjeme el aviso y cuando pueda ya lo recogerá ella.
Cerró de un portazo. Tiró la papeleta de correos y prosiguió la tarea. Pero segundos después su interés volvió al resguardo. Algo había llamado su atención.
Releyó el remitente. P&P, editorial. Y el domicilio social. Tuvo una corazonada. Secó las manos con papel de cocina y se puso frente al ordenador. Buscó en la red la editorial. En la pantalla la página web y en llamativas letras los próximos eventos. La cara de Leire le sonrió a través de una fotografía. Entre sus manos sostenía un libro. Segunda oportunidad, se titulaba. Su libro. Desplazó la mirada por las fechas insertadas en la página.  Correspondían a ese mismo mes. Leire recorrería las principales capitales de la península.
Buscó la fecha del día. Se encontraba en Bilbao. Una idea se plasmó en su mente.

*****

La mañana se le había pasado rápida con sus lectoras. Eufórica tras la firma de libros había decidido conocer la ciudad.
Al día siguiente continuaría la presentación pero esta vez en una librería del centro y de ahí viajaría a Santander. Después le seguían Oviedo y Santiago de Compostela. Luego, la vuelta a casa. A su hogar. A Yago.
Visitó la exposición del Museo Guggenheim. Como romántica empedernida que era no dudó en pasear por el Parque de Doña Casilda donde se entretuvo dando de comer a los patos y mirando con envidia a las parejas que se cruzaban en su camino cogidas de la mano.
Volvió al hotel, no sin antes, comprar un pack de sándwiches fríos y un par de latas de refresco. Después bajaría a tomar una taza de café antes de irse a dormir.

*****

Tendió su cansado cuerpo sobre la cama. Por fin había llegado. Las cuatro horas de viaje al final habían sido seis ya que había realizado dos descansos.
Y aún se podía considerar afortunado. Todo le había salido a pedir de boca. Los de la editorial no habían tenido ningún reparo, al darse a conocer, en decirle en qué hotel se hospedaba Leire. Había contactado con este y los hados se pusieron de su parte, porque una cancelación de última hora le había permitido hospedarse en él.
Y allí estaba. No queriendo tentar su suerte no había preguntado por Leire en recepción. Cenó en un bar de tapas cercano y cuando vio que el movimiento de huéspedes en la entrada del hotel disminuía, entró.

*****

El barullo de las mujeres que esperaban su turno para la firma del libro casi le hace desistir pero se armó de valor, tomó uno de los volúmenes y esperó, arropado por los cuerpos que tapaban su figura.
Ahí estaba. A dos escasos metros. Enfrascada en  conversación con una de sus lectoras. Posó sonriente junto a esta. Sonrió para sí. Con lo poco que a Leire le gustaba fotografiarse. Pero se la veía tan feliz. La mujer que le precedía se acercó a la mesa. Más de lo mismo. Ahora era su turno.
Leire miraba el móvil. Se acercó en silencio hasta ponerse frente a ella.
Levantó la vista y parpadeó varias veces. Yago le sonreía. En silencio alargó el libro. Ella lo tomó, abrió la tapa y con un hilo de voz preguntó:
—¿A quién se lo dedico?
Yago clavó la mirada en ella, transmitiéndole todo el amor, todo el arrepentimiento que sentía dentro de su corazón.
—Para el mayor imbécil del mundo que no ha sabido valorar lo que tiene.
Con mano temblorosa plasmó la petición bajo la asombrada mirada de la representante de la editorial.
—Un último favor, Leire. Cómo posdata podría poner: ¿Dame una segunda oportunidad?

9 comentarios:

  1. me ha encantado. Ojalá tu seas algún día Leire y yo seré una de las q haga cola para hacernos una foto con una sonrisa de dentrifico enseñando la portada de tu libro

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  2. Ojala cielo! E irnos de merendola para celebrarlo. Besos, neni. Muchas gracias por comentar.

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  3. Hola estupenda,
    ya sé que habitualmente no escribes sentimental, pero tengo que decirte que es un relato precioso....me ha encantado....las ilusiones son importantes....yo tb querré que firmes tu libro....
    besicos

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    1. gracias corazón, yo también espero ser una más de una larga fila en tu presentación. ;)

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  4. Bueno, me ha hecho pensar mucho. Y también me he visto reflejada en el texto. Gracias a Dios Adrián ha comprendido todo esto antes de que todo se nos fuera de las manos. Buffff Gracias por compartir tus relatos y gracias por trasportarnos "hasta ahí". Ah!!!! Cuando estés firmando libros, me cuelas en la fila, vale? jajajaja. Nos leemos. Besos

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    1. Te colaré pero no se lo digas a nadie jajajajaja Besos.

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  5. WUAUYYYYY muy bueno , me ha encantando , veo alguien muy cercano , creo ke se podria decir que esto que escribes pasa a la mayoria de las parejas que llevan juntos mas de 25 años y la mujer evoluciona más que el hombre , celos , profesionales , celos a perderla , pero esta muy bien que al final él se de cuenta e intente recobrar el amor de su vida.... muy bueno muakk

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  6. Me ha gustado mucho tu relato. Ojalá tú llegues a ser esa Leire que escribe libros, hace presentaciones y viaja a ver a sus lectoras. Yo seré una de ellas.
    Un beso muy grande

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    1. ¡Uy;Helena! todavía tiene que llover mucho jajajaja pero bueno poco a poco. Muchas gracias nena. Besos.

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