viernes, 21 de marzo de 2014

DESHOJANDO PASIONES

    Allí estaba Enrique, como cada viernes ¿desde hacía cuanto? ¿Tres años? Sí, desde que días después de inaugurar la floristería, una fría mañana de finales de semana traspasó la puerta del local.
    Lucía preparaba con esmero su ramo de margaritas, aún le quedaba por añadir las hojas de helecho.
Miró la hora en el reloj de la tienda, sí, se había adelantado una hora.
    Él, cruzó el umbral y repasó la figura masculina. Era de complexión atlética, rozaría el metro ochenta de estatura y aunque la camisa le quedaba algo justa a nivel del abdomen, no tenía la típica tripita de un hombre que pasaría de los cuarenta.
    Dedujo esto por las sienes plateadas, no demasiado, lo justo para hacerle interesante a primera vista. Sin embargo fueron sus oscuros ojos lo que más le llamó la atención. Tenía una mirada intensa.
    El rostro era atractivo, nariz grande pero no prominente, labios gruesos pero no exagerados y la piel clara, lo suficiente para hacer destacar la sombra incipiente de la barba.
    —Buenos días —saludó él, ella correspondió al saludo—. Sé que hoy me he adelantado a mi hora pero no podré pasarme a recoger el ramo y pensé que…
    —No se preocupe —interrumpió con una sonrisa—. Ahora mismo estaba con él ¿si no le importa esperar?
    —No, por favor, faltaría más —contestó con esa voz que también la subyugó en su momento.
    Prosiguió con el arreglo floral, tomó las tijeras de podar para nivelar los tallos, sentía la mirada de él observándola interesado.
    Le llegó, sutil a través del perfume de las plantas de su alrededor, el aroma de la colonia masculina, que tras su marcha, siempre quedaba impresa en el ambiente durante un tiempo.
    Sumergida en esa sensación estuvo a punto de cercenarse un dedo.
    —¿No debería de usar los guantes de protección? —comentó él y señaló con la mirada los mismos, que reposaban a un lado de su mesa de trabajo.
    —Sí, lo olvidé.
    Tomó las manoplas y se las puso.
    «¿En qué estaré pensando? —se regañó a sí misma
    —Pues en este hombre que desde hace tiempo altera los latidos de tu corazón —le respondió el subconsciente.
    Y era cierto, cada vez que él abandonaba la tienda, mientras trabajaba en los arreglos florales, su mente elucubraba fantasiosas historias sobre él y sobre quién sería la afortunada de recibir los ramos cada semana y la tarjeta con su mensaje.
    Sentía envidia, últimamente malsana. Tendría que dejar de leer los bonitos relatos de sus autoras favoritas que le acompañaban en sus solitarias noches desde la separación.
    Tras veintidós años de matrimonio, Miguel y ella habían decidido romper. Tomaron la decisión cuando Sergio, el hijo de ambos, se había trasladado de ciudad para proseguir los estudios universitarios.
    Y allí estaba ahora, a sus cuarenta y pocos años, temblando como una colegiala y con mariposas en el estómago porque su cliente predilecto le observaba atentamente.
    —Creo que esperaré fuera mientras acaba —explicó Enrique al verla trabajar con dificultad al ser contemplada.
    Las campanillas de la puerta tintinearon al salir él. Se alejó unos metros y de la cazadora sacó la pipa y el saquito de tela del tabaco y rellenó la pipa en tres pasos presionando las cargas con el dedo pulgar, rebuscó en el bolsillo el atacador pero por más que revisó todos y cada uno de los mismos no lo halló. Maldijo entre dientes. Prendió el tabaco e inhalo repetidas veces para avivar el diminuto fuego. Una nube perfumada le rodeó.
    Lucía le observaba. Jamás hubiese pensado que Enrique fumase en pipa, le pareció algo exótico pero intuyó que iba perfectamente con su personalidad.
    La puerta del local había quedado entreabierta al salir él y el olor a especias del tabaco se introdujo al interior del local. Le agradó, no era el pestilente humo del cigarrillo.
    Vio que él fumaba pensativo, sería mejor que se diese prisa o no terminaría nunca el ramo.
    Lástima que tuvo que salirse fuera, le gustaba contemplar cómo se movían sus manos, con soltura, eligiendo con mimo cada flor, cada perifollo. Se le veía que ponía tanto amor en cada uno de sus arreglos.
    Y siempre tenía una sonrisa para él. Al principio tímidas pero desde hacía unos meses habían cambiado.
Eran alegres, abiertas,  le iluminaban la cara y los ojos le brillaban exultantes. Las mejillas se le coloreaban ligeramente y recolocaba, nerviosa, el rebelde mechón de pelo que le caía sobre los ojos.
    Cuántas veces había deseado ser el mismo el que lo recolocase detrás de la pequeña oreja pero era un gesto demasiado íntimo entre un hombre y una mujer que apenas se conocían. Ni siquiera sabía su nombre, partida que ella le ganaba ya que siempre solía pagar con tarjeta.
    Podría haber encargado los ramos en cualquier otra floristería de la ciudad, pero un día al salir del trabajo el letrero había llamado su atención, más en concreto, el nombre de la floristería: VIOLETAS IMPERIALES.
    A los lados de la puerta de arco dos estanterías metálicas mostraban a los viandantes los centros realizados en la tienda. Delante de la hoja que se mantenía cerrada varios cubos mostraban diversos tipos de ramos y fueron las hermosas margaritas que había en uno de ellos las que le hicieron decidirse a entrar. Eran perfectas para ella y entró.
    Quedó prendado del interior y del trato de la dependienta. Y se encontró con que estaba deseando que llegase los viernes para verla.
    Advirtió un movimiento por el rabillo del ojo y la vio, le hacía ademanes para que recogiese el pedido.
Golpeó sobre el tacón del zapato la pipa para vaciarla y entró.
    —Siento las molestias que le haya podido causar. Ya está listo.
    —No se disculpe señorita… Perdone no sé su nombre.
    —Lucia.
    «Lucia» se deleitó pronunciando su nombre mentalmente.
    —Muchas gracias por tenerlo a punto antes de tiempo.
    Miró el ramo.
    —Precioso —susurró sobre las flores.
    Lucía sonrió satisfecha.
    —Hoy se lo pagaré en efectivo.
    Le extendió un billete que ella tomó, marcó en la caja registradora y eligió las vueltas.
    Fue al dejar estas sobre la mano masculina cuando sintió la descarga en el brazo al rozar con los dedos la piel de la palma, retiró con rapidez la suya al igual que hizo él. Ambos se miraron durante unos segundos, desconcertados y ambos a la vez sonrieron cómplices.
    Enrique tomó en silencio el ramo y se marchó.




    —¡Buenos días! ¿Cómo estás amor?
    Depositó un suave beso sobre la despejada frente y acarició con los nudillos la mejilla.
    —Cuando vienes sus constantes se estabilizan, es como si intuyese que estás aquí.
    Enrique giró la cabeza para mirar a la enfermera que, sonriente, era testigo del tierno momento.
    —Lo sabe —fue la escueta respuesta de él—. Sé que lo sabe.
    Depositó el ramo adquirido a los pies de la cama, tomó el jarrón de cristal de la mesita y fue al baño donde tiró a la papelera las flores mustias, rellenó de agua limpia el recipiente y volvió a la habitación. Introdujo el ramo nuevo y lo depositó junto a la cabecera de la cama.
    Se sentó en la butaca próxima a la mujer, sacó de la bandolera un grueso libro.
    —Bueno, ¿por dónde íbamos? ¡ah, sí!
    En la habitación tan solo se escuchaba la voz de Enrique que leía en voz alta y los bips de los aparatos.

10 comentarios:

  1. Entiendo que seguirá la semana que viene, no? Enrique y Lucía nos tienen que "contar" su historia!!! Gracias como siempre por compartirlo, Genny! Besos y nos leemos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Por supuesto, esto solo ha sido un aperitivo jajajaja Besos Mary Ann, gracias por comentar.

      Eliminar
  2. Siempre con ganas de más. Precioso inicio.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias cielo, la semana que viene más ya verás.

      Eliminar
  3. Nena ¿nueva historia? Por favor, etiquétame cuando publiques para que no me la pierda.
    Me ha gustado mucho este comienzo, porque promete una gran historia de amor, aunque este final da mucho que pensar.
    Besos y gracias por escribir.

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias a ti por leerme, cielo. Espero que esta pareja os haga disfrutar. Besos.

    ResponderEliminar
  5. Hola,
    me encanta acabar el fds con ésta sorpresa....
    besis

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y a mi me encanta que te encante jajajajajaja Bicos.

      Eliminar
  6. Gran comienzo. Espero ansiosa la continuación.

    ResponderEliminar