jueves, 10 de octubre de 2013

TABÚ

    —No me mires así. Te juro que ha sido culpa del tráfico.
    El tono de disculpa de Noa no borró el entrecejo fruncido de su amiga.
    Un gruñido de Liz fue la única respuesta. Eso y un tirón del brazo que hizo que trastrabillara en sus altos tacones.
    Estos, no pasaron inadvertidos a Liz. El ceño pasó a convertirse, en segundos, en una inquisitiva ceja alzada.
    —Me dejé las zapatillas en la oficina— dibujo su mejor sonrisa Profiden.
    Liz le empujó hacia el interior del edificio. Tras una cristalera, el conserje llamó su atención.
    —¿Qué desean?
    —Venimos a las clases de bailes de salón —respondió Liz molesta por la intromisión.
    —Salón de actos —informó el vedel y señaló la puertas que estaba justo detrás de ellas.
    Adelantó a Liz y solícita empujó el picaporte para que entrase pero tan solo consiguió un golpe seco.
   —Hoy, no es tu día…bonita —comentó esta en tono mordaz mientras tiraba del pomo y tiraba de ella hacia el salón.
   Las luces del techo alumbraban un teatro. Un centenar de butacas tapizadas en rojo rodeaban el escenario donde varios objetos de atrezo cubrían el fondo de este.
    Se adentraron por el pasillo central hacia un grupo de personas que charlaban animadas en el único hueco libre que quedaba entre la primera fila de butacas y el tablado.
    —¡Qué chulo! —murmuró a Liz, quien encogió los hombros.
    —¡Hola! —saludó una joven morena, menuda y de cuerpo escultural—. Soy Rosa, la profesora de baile     —Y ¿vosotras sois?
    —Liz y Noa —respondió la primera. 
    Rosa buscó sus nombres en la lista que portaba sobre una carpeta.
    —Eso, el burro delante para que no se espante —cizañó Noa. Liz le lanzó una mirada de advertencia. Ella aguantó la carcajada que pugnaba por salir de sus labios.
    —Bien —comentó Rosa ajena a la puya—. Pues ya estamos todos. Supongo que ya sabéis como Eric y yo seleccionamos el grupo de alumnos.
    —No —contestaron al unísono.
    —¿Veníais de parte de Fran? —ellas asintieron—. Y ¿no os comentó nada? —ante su negativa Rosa les explicó—. Solemos hacer una prueba de nivel, aunque sea para principiantes, ya que queremos que más o menos todos estén igualados, así las clases suelen ser más productivas. 
    Miraron sorprendidas a la joven. Esta rió ante el gesto de temor de ambas.
    —No tengáis miedo. Ya veréis, es muy sencillo. Ahora sois doce apuntados pero tan solo accederán diez parejas. Vosotras tenéis el número diez. Dos de las parejas no han podido venir hoy. 
    —Y ¿las parejas sobrantes? —preguntó Noa.
   —Quedarán de reserva por si alguna de las otras se da de baja. ¿Alguna pregunta más? — ante la negativa Rosa sonrió— Bien, pues entonces empecemos. ¡Ah! Recordad que hoy es aquí, el resto de las clases se impartirán en el pub de Fran de ocho a diez de la noche. ¿Bien? Vale. ¡Eric! —llamó.
    De entre el grupo reunido salió un hombre. 
   Noa no se explicaba cómo le podía haber pasado desapercibido. Su metro ochenta de estatura y su cuerpo eran dignos de ver. La camiseta de licra en color negro se pegaba a su torso como una segunda piel. Los pantalones, del mismo tono, marcaban sus muslos. Las pinzas, estratégicas, no permitían vislumbrar nada más de las caderas masculinas.
    Noa recorrió con la mirada cada centímetro del pecaminoso cuerpo. Cuando sus ojos llegaron a la altura del rostro se encontró con una mirada gris sobre una tez morena. Labios gruesos y sensuales, el pelo negro, frondoso, revuelto, largo.  
   Volvió a mirar los ojos. Eran hipnotizadores. Sus miradas se encontraron. Liz le lanzó un codazo nada discreto. Noa desvió con rapidez la suya. 
   Cuando el hombre llegó a su altura Rosa hizo las presentaciones.
   —Eric. Estas son Liz y Noa.
   Él sonrió, dejando vislumbrar unos dientes perfectos. Extendió su mano en un cortés saludo. 
   —Encantado. Bienvenidas— su atención puesta unos segundos más sobre Noa—.Rosa, cuando quieras podemos empezar.
   Noa apreció como el ajustado pantalón marcaba las nalgas del atractivo profesor. 
   Los profesores llamaron la atención de las parejas, que entre murmullos nerviosos tomaron asiento en las butacas.
   —Pareja número uno, por favor —llamó Eric. 
   Una pareja de mediana edad subió las escaleras que daban acceso al escenario.
   —¡¿Qué?! —exclamó Noa.
   Liz la mandó callar con un gesto. Aproximó la cara hacia esta y murmuró:
   —Tú no me hablaste de hacer el ridículo sobre un escenario.
  Liz encogió los hombros y sin desplazar la mirada de la pareja que en ese momento bailaba una salsa murmuró:
   —Esto o el encaje de bolillos.
  Noa gruñó entre dientes. Y es que Liz se había empeñado en que ese año tenían que realizar alguna actividad que las distrajese de su rutina diaria. Sopesó la oferta. La verdad fuera dicha. Apenas sabía cómo coser un botón, no se veía dándole a los bolillos.
   La pareja terminó su actuación y entre aplausos Liz le susurró:
   —¡Qué chulo! ¿No?
   —No te digo dónde te puedes meter ahora mismo tu sarcasmo porque…
   Calló al notar la mirada gélida de esos ojos color humo. Se removió nerviosa en la butaca y recolocó la falda  de vuelo. Apretó las manos sobre sus muslos ya que sus piernas temblaban.
   —¿Quieres estarte quieta de una vez?
   —No soy yo —respondió quejosa—. Son mis piernas que no me obedecen.
   Su amiga suspiró resignada. Una a una las parejas fueron subiendo. El nivel era alto, o al menos eso le parecía a ella. Estaba por decantarse por los bolillos dichosos.
   —Pareja número diez.
   Liz se levantó y se dirigió con paso firme hacia las escaleras. Miraba en silencio avanzar a su amiga pero ella no podía levantarse. Sus piernas no la sostendrían. Fijó sus ojos en los zapatos que portaban sus pies. Imposible. 
  El carraspeo impaciente de Liz le sacó de sus pensamientos. Suspiró y con más valor del que tenía se levantó y con paso cortos para mostrar seguridad ¡Já! Siguió a su compañera.
   Ya sobre el escenario se percataron de que no tenían música preparada como el resto de parejas. Rosa atenta a todo, les sonrió para calmarlas, introdujo un Cd en el aparato de música y les dio ánimos con un guiño de complicidad.
   Los primeros acordes de un pasodoble sonaron por los altavoces. Tomaron posición en el centro. Divisó en uno de los espejos de atrezo olvidados su esbelta silueta. Se la veía segura.
Liz, que siempre ejercía en el baile de hombre, le agarró con firmeza.
   —¿Preparada?
  Noa asintió imperceptible. Liz sonrió arrogante. La coordinación entre ambas al bailar ese ritmo era perfecta. No en vano ellas eran el alma de las fiestas cuando se juntaban el grupo de amigos.
   Giraba sobre sus tacones, adornaba los pasos básicos con separaciones y pases. En uno de los giros, por el rabillo del ojo, vislumbró un destello bermellón en el espejo, que la distrajo unos segundos hecho que hizo que perdiese el compás. Pero rauda lo retomó. Liz volvió a hacer un giro cerrado, acercándolas hacia la luna enmarcada y entonces fue cuando lo vio. El vuelo de su amplia falda al girar dejaba vislumbrar el liguero color vino que sujetaba sus medias.
   Miró hacia los asistentes. Veía las miradas de complicidad de los hombres, la incredulidad en algunas de las mujeres de mayor edad y a Eric cuyos ojos no perdían detalle. Y tropezó. Si no llega a ser por Liz que sujetaba con firmeza su cintura hubiese caído de bruces. 
   Se separó de su amiga y no quiso continuar el baile. Rosa se acercó a parar la música.
   —¿Te encuentras bien? —preguntó solicita mientras miraba los pies y las sandalias de Noa.
   —Sí, solo ha sido una torcedura sin importancia.
   Hubo un  murmullo entre los asistentes que Eric, al levantarse, cortó..
   —Señores, los resultados de la prueba les serán comunicados. Ahora, si nos disculpan, atenderemos a esta señorita.
   Todos asintieron y deseándole que no le pasase nada desaparecieron por la puerta del salón de actos. Tan solo quedaron ellos cuatro. Rosa, Eric, Liz y ella.
   Eric subió las escaleras de dos en dos y llegó a la altura de ellas tres.
   —Tenéis que repetir la prueba —comentó.
   —Imposible —adujo Liz.
   —Tú no —respondió él—. Ella. 
  Y miró a Noa.
  —Tu postura como hombre es muy correcta. Pero un pasodoble es fácil de bailar —y retó con la mirada a Noa.
  —¡Y un cuerno! —gruñó—.Hazlo tú sobre estos zancos. «Listillo» añadió para sí.
  —Descálzate— fue la orden de él como respuesta a su enfado.
  —¿Qué?
  —Quiero comprobar cómo está tu tobillo. Descálzate…por favor— suavizó esta vez.
   Antes de que pudiese andar hacia un punto de apoyo él se arrodilló a sus pies. Tomó la pantorrilla de ella con suavidad y apoyó la suela del zapato sobre su muslo. Sus dedos, suaves, desataron la tira que sujetaba la sandalia a tu tobillo. Y tiró hacia delante de esta, liberando el pié de Noa. 
   Ella, no tuvo más remedio que sujetarse a los amplios hombros. Notaba en la yema de sus dedos como los músculos de él se movían. Eran duros, marcados. A punto estuvo de caer de rodillas cuando las manos de él tomaron su pié y comenzaron a masajearlo con suavidad.
   Las terminaciones nerviosas de su empeine le enviaron descargas que nada tenían que ver con el dolor que se suponía debía de tener.
   Los latidos de su corazón se dispararon y notó un cosquilleo en su bajo vientre. Rosa y Liz observaban los auxilios de Eric sin mediar palabra.
  —Todo parece andar bien. 
  «¿Todo? Pues te daba yo ahora mismo la temperatura de mi cuerpo» le contestó mentalmente Noa.
  —Rosa, pon el Cd número dos. Liz ¿puedes bajar a sentarte?
  Esta asintió y abandonó su posición no sin antes dirigirla una mirada de complicidad. Sabía que las caricias de Eric le habían afectado.
  Este tomó el otro pié y le quitó la sandalia. Noa quedó descalza ante él. Eric se levantó y sus rostros quedaron frente a frente. 
  —¿Preparados? —preguntó Rosa.
  La negra ceja de él se alzó en muda pregunta.
 —Sí —respondió enérgica. No sabía que acordes saldrían del aparato pero este espabilado iba a saber quién era Noa Samprieto. 
  Rosa abandonó el escenario, dejando a la pareja sola arriba. 
  Comenzó a escucharse el empiece de la canción. 
  —¿Salsa?
  Eric sonrió insolente. Negó con la cabeza.
  —Lambada —susurró. 
  —Yo no…
  —Vamos preciosa —murmuró él sobre sus labios—. Demuéstrame con tus caderas lo que tus ojos me dijeron hace rato.
  Jadeó sorprendida. Así que él se había percatado de su lasciva mirada. La respuesta la obtuvo de la mirada de él. 
  Sin previo aviso la tomo de la cintura y la giró pegando su trasero a la entrepierna mientras giraba las caderas en un movimiento ondulante al ritmo de la música. 
  Noa aceptó el reto y siguió sus movimientos. Se dejó embriagar por el ritmo, por los sensuales movimientos de su compañero.
  Las manos de él sobre su cuerpo eran firmes, seguras. Giraba entre sus brazos y alrededor de él.
  Hubo un cambio de ritmo casi imperceptible.
  —Salsa —susurró él sobre su nuca.  Se sentía sexy, sin miedos y dio rienda suelta a su imaginación.
  Notaba la respiración agitada tanto por el baile como por lo que el roce de sus manos le hacía sentir. 
  —Bachata.
  No distinguía una pieza de otra tan solo se dejaba llevar por él. En los pocos minutos que duró la pieza de música. Se retaron, se tocaron, se desearon.
 Rosa y Liz, en las butacas, con las bocas entreabiertas los miraban mientras ellos recuperaban el aliento. 
  Noa buscó la mirada de Eric. Este a su lado y de espaldas a las mujeres que ejercían de público paseó sus ojos por el cuerpo de ella quien, a su vez, se demoró en él. Pudo comprobar que las pinzas del pantalón, esta vez, no podían disimular nada. 
  Con un contoneo de caderas Noa se acercó a por sus sandalias, las tomó entre sus manos y bajó los escalones con lentitud. Eric, desde arriba, le seguía con la mirada.
   Calzó de nuevo sus pies, tomó el bolso de las manos de Liz y mirando a Rosa y en voz alta dijo:
   —Puedes ponerte en contacto con Liz para decirle si estamos aprobadas o no.
   Y miró de reojo hacia el profesor.
   Tomó la mano de su amiga y con paso firme abandonaron la sala.
   Según se cerró la puerta Liz iba a hablar cuando ella le cortó.
   —No digas nada. Necesito algo frío. Menudo calentón llevo encima.
   La carcajada de su amiga fue acompañada por la suya. Se dirigieron al pub de Fran. 








1 comentario:

  1. Tú sí que sabes dejarnos con ganas de más... Pero ¿sabes qué? No cambies.

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