viernes, 6 de septiembre de 2013

LAVA EN LA PIEL

     Golpeó nerviosa con los nudillos la puerta.
     —Pasa Sarah —dijo Ismael.
    Indecisa entró al interior del vestuario masculino.
    —Estoy aquí— la voz sonaba amortiguada.
    Recorrió el pequeño pasillo que daba acceso a la zona de taquillas. Dos hileras de estas enfrentadas, un pequeño banco de madera y un catre al fondo— que usaban los vigilantes nocturnos en sus relevos—, era todo el mobiliario.
    Ismael se hallaba tumbado en la cama. Sarah paseó sus ojos castaños por el torso desnudo recreándose por los músculos de la espalda. Tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta.
    —Gracias por ofrecerte —murmuró él mientras sus intensos ojos verdes la estudiaban—. Pensé que esto valdría como ungüento— y le ofreció un frasco—. Es crema after shave —aclaró.
    —Valdrá— su voz sonó aguda. Carraspeó.
    «¿Cómo había consentido que Juanra, el vigilante de cámaras, le metiese en este embrollo?»
    Durante la comida compartida por los tres Ismael comentó su dolor de espalda y Juanra recordó que ella había dado un curso de masajes. Le instó a que ayudase al compañero. Ellos se miraron en silencio unos segundos y continuaron comiendo sin más, pero al llegar a la sala de control para fichar, el vigilante comentó.
    —Isma, yo vigilo mientras Sarah y tú bajáis para que te dé el masaje.
    La aludida lo taladró con la mirada pero Juanra— con una sonrisa Profiden y haciendo ojitos:
    —Por favor— rogó—. Tú no sabes lo que es aguantar sus gruñidos de dolor.
    Suspiró resignada y accedió. Y no es que le importase— para nada— que el fuese su inmediato superior sino lo que él le hacía sentir.
    Aún recordaba la primera vez que le vio, atravesaba la terminal con ese andar algo chulesco, su metro ochenta largo y el cuerpo musculado, no pasaba desapercibido. Si al conjunto añadías unos ojos verdes, unos labios tentadores y una elocuencia— como comprobó con el tiempo— que ya quisieran para sí los políticos, el paquete era explosivo.
    Y allí estaba, tentador, tumbado sobre su estómago, a la espera de que ella comenzase a acariciar su piel.
    «¿Acariciar?»
     Descartó de inmediato el término.
    «Un masaje, es solo un masaje» se repitió.
    Pero eso que se lo dijesen a sus temblorosas manos y a las mariposas de su estómago que bailaban desde hacía rato en su interior.
    Limpió con disimulo el sudor de sus manos en la trasera del uniforme y se acercó al camastro. No se acercaba ni por asomo a una camilla. Tendría que improvisar.  Volcó una pequeña porción de la loción sobre sus manos que frotó para entibiar el producto y sentándose a horcajadas sobre los duros muslos de Ismael, casi a la altura de su trasero, comenzó a extenderla sobre los hombros. Masajeó estos hasta notar que perdían tensión. Deslizó con suavidad sus manos hacia los omóplatos, pellizcando la piel para despegarla del hueso y cuando la zona enrojeció pasó a los músculos laterales de la espalda.
Ismael gimió.
    —Shhh, relájate —susurró.
    Continuó apretando y relajando los tensos nudos justo hasta llegar hasta la cintura de sus vaqueros, donde estos marcaban sus nalgas. Una imagen con Ismael desnudo bajo sus muslos se coló en su mente e hizo latir un punto en su bajo vientre.
    No supo en qué momento sus manos dejaron de ser profesionales y comenzaron a trazar caricias sensuales a lo largo de la espalda de él ni cuando su respiración se volvió entrecortada. Tan solo se dejó llevar como una amante que se solaza dibujando figuras sobre la piel de su amado.
    Ismael sentía los dedos en su ardiente piel, construyendo caminos de lava sobre ella. Regueros de fuego que erizaban su piel, las yemas de sus manos apenas rozando su torso. Unas manos que tiempo ha, en sus bromas, había tomado entre las suyas pero que de unos meses para acá dejó de hacer al notar como su corazón se disparaba y que el aire se tensaba entre los dos.
    Notaba oscilar la cadera de ella sobre sus muslos y vividas imágenes poblaron su mente provocando que su miembro comenzase a endurecer.
    Anhelaba acariciar su cuerpo tentador.
    Le dejó sin aliento el día que la conoció. Siempre le habían gustado las mujeres de curvas generosas y Sarah cubría todas con creces. Pero no fue solo su cuerpo lo que le había enamorado ni sus ojos color miel tostada moteados de verde ni sus jugosos labios sino esa especie de candidez y picardía que se entremezclaban en ella. Hechizándolo.
    Y allí estaba ella, meciéndose suave sobre sus caderas haciendo bullir su sangre.
    Inspiró profundo e intentó liberar su mente de lo que Sarah le estaba provocando pero en vano, su pene tenía vida propia en ese momento. Propia y dolorosa. Los ajustados vaqueros y el peso de ella le estaban matando.
    Un gemido de dolor escapó de sus labios y Sarah paró.
    —¿Te hago daño?
    —Sí…no —rectificó.
    —¿Qué? —preguntó confusa ante su respuesta.
    —Creo que deberíamos terminar—comentó—. Me noto menos tenso.
    «Al menos en la espalda»
    Sarah cerró sus ojos para intentar calmar su excitación y apoyó sus manos sobre las caderas de Ismael para alzarse. Este volvió a gemir de dolor.
    —Sarah, para por favor, si no quieres desgraciarme para toda la vida.
    Le miró confusa unos segundos y entonces comprendió. La respiración agitada de él, el verde intenso de sus ojos cubierto por sus pupilas, dilatadas por el deseo.
    Quizá fuese esa confirmación o el íntimo momento compartido solo supo que se encontró de pié y empujando el enorme cuerpo hasta girarlo y sentándose a horcajadas sobre su dura erección.
    Se sintió humedecer ante esa dureza. Acarició los abdominales con lujuria, el ancho pecho y acercando su rostro al de él fundió sus labios en esa boca tentadora.
    Lamió con lascivia el labio inferior, saboreando la piel interna del mismo. Incitando a su dueño a que respondiese a la caricia. La lengua del hombre la asaltó con la misma urgencia, degustando con deleite.
Sarah rompió la unión unos segundos tan solo para mordisquear con pasión el labio, succionando y tirando de él. Un gemido sordo brotó de la garganta masculina.
    Rodeó con sus manos la nuca de ella, entrelazando sus dedos en el espeso pelo cobrizo. Perdió su rostro en su esbelto cuello, lamiendo la piel hasta el hueco de la clavícula donde rozó con sus dientes sobre el desbocado latido de sus venas. Rió entre dientes al percibir como se erizaba la piel femenina. Resiguió con sus labios el ovalo de su rostro ascendiendo lentamente hacia el lóbulo de la oreja que mordió con suavidad, provocando un jadeo de Sarah.
    Las manos de ella acariciaban sus tetillas, endureciéndolas por momentos. Él  desabrochó la blusa que dejó al descubierto el encaje del sostén. Bajó la puntilla para liberar la carne aprisionada y  se perdió entre sus senos, degustando la suave piel. Tomó un pecho en su mano acercando su boca al sonrosado pezón que tenso esperaba sus caricias.
    Dibujó círculos sobre el endurecido montículo que creció en el interior de su boca al succionarlo. Las caderas de Sarah se frotaron con fuerza contra sus caderas. Probó su gemelo, tentándolo con su lengua mientras sus dedos acariciaban y apretaban a su igual.
    Sus respiraciones eran aceleradas, los gemidos de ambos resonaban en el silencio del pequeño habitáculo, sus labios degustaban la piel del otro.
    Deslizó la camisa de Sarah y con dedos ágiles se deshizo de la ropa interior que lanzó a los pies del catre junto a la ropa.
    Sus dedos se perdieron sobre la piel de la espalda, deslizando con suavidad la yema de sus dedos y provocando estremecimientos en la mujer.
    Las manos de ella se perdieron en los botones del pantalón. Abriéndose paso en el hueco dejado, tomó el grueso pene entre sus dedos, deslizando su mano en toda su largura, notando las venas dilatadas  palpitar contra su piel. Gimió al pensar como sería sentirle en su interior. Se deleitó mirando el rostro de Ismael, con los ojos cerrados, inmerso en el placer de su caricia.
    De repente la voz de Juanra llegó a través del walki:
    —Chicos, os necesito aquí arriba —y como si los estuviese viendo por una cámara invisible añadió—. Siento romper la magia del momento— y cortó la comunicación.
    Ismael blasfemó mientras hundía su rostro entre los senos de Sarah, inspirando varias veces para calmar sus latidos.
    —Creo —murmuró Sarah sobre los labios de él, depositando un suave beso— que se ha terminado su sesión de masajes por hoy, señor gerente.
    Un gruñido brotó de la garganta del hombre que respondió con otro tierno beso a Sarah.
    —Apúnteme una sesión extra para esta noche señorita Sarah.
    Comenzaron a vestirse entre risas y besos. Los pantalones de Ismael no disimulaban para nada su excitación, así que resignado, los bajó de nuevo y metió su excitado cuerpo bajo el chorro de agua fría de una de las duchas.
    Las carcajadas de Sarah se perdieron por el pasillo al salir.

                  Lava en la piel (continuación I)


2 comentarios:

  1. ohh, me gusta , espero desenlace jajaaj , sigue asi y mucho animo.

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  2. Gracias nena, es todo un placer escribir para vosotr@s. Besos.¡Ah! y ya está colgado al completo.

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