domingo, 29 de mayo de 2016

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 31)




31


En el interior de la limusina, las dos parejas charlaban entre sí sobre sus respectivos atuendos.
—Aquí el único que parece estar en su salsa es nuestro señor don perfecto —resopló Witch simulando estar enfadada y dirigiendo sus ojos hacia Diego.
Este sonrió travieso, en esa sonrisa que tanto deleitaba a Sheila, que apretó el musculoso muslo del hombre con la mano.
—Las manos quietas que después van al pan —soltó de repente Eric viendo la caricia de la joven.
—Eso eso —dijo Witch dándole un codazo de complicidad a Eric en las costillas— que se empieza la tarta y luego…
Las carcajadas de ambas parejas sonaron en el pequeño recinto.
—Vale ya chicos —regañó Diego y bajando el tono de voz dijo— nos separa un cristal del chofer pero se oye todo.
Witch giró la cabeza hacia el ventanal de cristal tintado que separaba el coche en dos compartimentos. Miró a Diego que asintió en silencio.
Girando un poco más su cuerpo, todo lo que la tela de su largo vestido le daba, golpeó con su enguantada mano el cristal.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
La carcajada de Sheila explotó. La cara enfadada de Witch se enfrentó a la de su amiga.
—Bruji, mal vamos si no va nadie conduciendo el coche —explicó.
Sacando su lengua en son de burla, Witch encogió los hombros como respuesta y volvió a golpear el cristal. Este como respuesta a su llamada comenzó a deslizarse hacia abajo.
—¿Desean algo los señores? —Preguntó cortés el chofer mientras miraba por el retrovisor interior del coche—. Les recuerdo que la limusina está equipado con hilo musical, mini bar y en el compartimento central bombones y cigarros o puros.
—¿Mini bar? ¿Bombones? —Exclamó Witch entusiasmada— ¡¿Dónde?!
La mano de Diego abrió una serie de compartimentos ocultos. Witch se lanzó a mirar. Pequeñas botellas de distintos licores rellenaban una serie de huecos. Unas pinzas y un pequeño cubilete con hielos rodeaban media docena de vasos.
—Mirad esto —exclamó sacando una pequeña botella de Coca-cola— pero si esto me lo bebo yo de un traguito —protestó— ¿Y los bombones son así de pequeños también? ¡Pues vaya porquería!
La risa de sus tres acompañantes no se hizo esperar. Eric tomó una de sus manos y estampado un sonoro beso sobre ella dijo:
—Por esto te amo tanto mi vida. Eres única.
—¡Sip! Ya dijo mi madre que conmigo se rompió el molde.
Nuevas carcajadas sonaron en el habitáculo. Por el rabillo del ojo la joven vislumbró un ligero movimiento. Girando la cabeza pudo ver como los hombros del chofer temblaban.
—No se corte hombre. Puede usted reírse, con toda confianza oiga.
El conductor mirando los bonitos ojos de la joven asintió y sin más soltó la carcajada. Todos los demás le siguieron incluida Witch.
Pasados unos minutos, el chofer se recompuso y con voz algo más calmada preguntó:
—Si no desea nada más la señorita. Volveré a subir la ventanilla.
—No, gracias.
Con un gesto de asentimiento el hombre pulsó el botón que accionaba el cristal.
—Bueno sí —exclamó Witch. Automáticamente el cristal paró— ya que hay confianza ¿cómo se llama usted?
Los oscuros ojos del hombre se abrieron ligeramente pero en cuestión de segundos su rostro se recompuso del asombro.
—Pedro. Me llamo Pedro.
—Encantada Pedro. Yo Witch. Bueno así me llaman mis amigos. Puedes llamarme Paula.
—Con su permiso. ¿Desea usted algo más?
—Bruji —llamó Sheila— deja conducir al señor.
—No. Nada más Pedro. Además estos no me dejarían charlar contigo.
El cristal terminó de subir completamente. Diego meneaba la cabeza en silencio, con una sonrisa en los labios. Desde luego que sí, Witch era única.
La voz del chofer llegó a través de un interfono interior.
—En unos minutos estaremos en la puerta señor Galán.
—Gracias Pedro.
Las chicas nerviosas comenzaron a recomponer sus ropas. Los hombres sus pajaritas. El enorme coche frenó con suavidad.
Pedro paró el motor del lujoso vehículo y momentos después abría la puerta trasera del coche, sujetándola y extendiendo su mano para ayudar a bajar a las mujeres del interior del mismo.
Diego y Eric salieron por el lado contrario a la acera, rodearon la limusina y fueron en busca de sus respectivas parejas.
Sheila estiró su cabeza hacia la fachada del edificio. Su altura era de cuatro pisos. La planta baja estaba recubierta de losetas de granito en toda su envergadura, el resto lucía un restaurado ladrillo rojo que brillaba con las luces de los focos exteriores. Enormes ventanas con balcones se alineaban a lo largo de la fachada.
La entrada principal se hallaba tras un trío de arcos que hacían de soportal de una enorme y tallada doble puerta de madera. Una placa dorada informaba de la fecha y año en la que el edificio había sido construido. Databa de 1883. Más de un siglo de antigüedad. Una alfombra roja adornaba el acceso al interior. Un guardia de seguridad saludó a Diego con la cabeza y abrió la puerta que se deslizó en silencio.
Las parejas penetraron a un formidable hall. Los suelos de madera brillaban lustrosos. Una enorme lámpara de cristal alumbraba las paredes recubiertas de madera. Olía a barniz en el ambiente. Una serie de tapices adornaban los huecos de las paredes entre puerta y puerta.
Una pequeña mesa con una atractiva joven sentada tras ella se encontraba a la derecha de la entrada. Diego se dirigió hacia ella, sonriente, y sacando un sobre del bolsillo interior de su chaqueta lo entregó a la muchacha, que comprobó risueña las invitaciones y les invitó a penetrar por una de las puertas de madera. Eric y Witch les siguieron.
Diego se adelantó a Sheila que le miró buscando apoyo en sus profundos ojos azules.
—Tranquila mi amor —le susurró él— estás preciosa, y te aseguro que te encontrarás como en casa.
La mujer asintió y Diego abrió hacia afuera la enorme puerta. Unas manos aparecieron por detrás de la misma y sujetaron con firmeza la madera mientras Diego tomaba del brazo a su prometida y ambos entraron.
Al principio Sheila vio una serie de grupos charlando animados bajo una suave música ambiental, con copas en sus manos y vestidos de gala, tal como requerían las invitaciones.
Estaban en un imponente salón. Los suelos de losetas de mármol blanco y negro haciendo un dibujo de damero. Tres inmensas arañas de cristal alumbraban el interior del mismo. Infinidad de apliques a juego iluminaban las cuatro paredes. Enormes ventanales recubiertos de cortinones de terciopelo rojo granate llenaban la pared de la izquierda.  Las mesas que se veían al fondo rodeaban una central con todo tipo de manjares y estatuas de cristal.
Una serie de camareros parecían bailar alrededor de los animados invitados. Uno de ellos se acercó y les ofreció la bandeja. Diego tomó dos copas de champan, ofreciendo una a su acompañante. Sheila tomó un trago para hacer bajar el nudo de la garganta. De repente oyó pronunciar su nombre sobre las demás voces.
—No puede ser. Esa es la voz de Manuela.
Buscó con su mirada y vio a la mujer en cuestión, que vestida para la ocasión se acercaba entusiasmada y la abrazaba.
—Estás preciosa, mi niña —Manuela se separó ligeramente de ella deslizando admirada su mirada por el precioso vestido de la joven—. Cuanto me alegro de verte sin esa horrible escayola.
—Tú también estás muy guapa Manuela. Y sí, yo también me alegro de poder andar con soltura. Pero ¿qué haces tú aquí? —preguntó extrañada.
—Diego me invitó, por supuesto.
—Ya.
—Verás cuando veas a mi muchacho vestido de gala, no vas a reconocerlo.
La entusiasmada Manuela se giró, agitó la mano y señaló donde se encontraba su hijo hacia un grupo de personas que se hallaban de espaldas a ellos. De repente, asomó la cabeza del adolescente, que se acercó hacia donde se encontraba su madre.
Sheila pudo comprobar que Manuela tenía toda la razón. El traje blanco que lucía el muchacho le quedaba que ni pintado. Sheila le saludó y él tímidamente sonrió y extendió su mano.
De repente la música ambiental dejó de sonar. Los pequeños grupos comenzaron a moverse hacia donde ella se encontraba. Miraba a su alrededor y no daba crédito a lo que sus ojos veían. Veía rostros familiares por doquier.
Sus padres, elegantemente vestidos para la ocasión, su hermano y familia, Amanda, Doña Blanca, Juan su médico, Phil, Daisy. Miró y miró. Todos aquellos que en los últimos meses habían estado en su vida en una u otra ocasión.
Su mirada se deslizó entonces hacia el hombre que en ese momento rodeaba su cintura con un brazo mientras con otro sostenía la copa de champán y la miraba embelesado con una sonrisa en sus labios.
—¿Diego? —preguntó esperando una explicación.
—Todo esto tiene un motivo. Un gran motivo diría yo.
Sheila enarcó una ceja, en un gesto adquirido de él. Diego carraspeó ligeramente antes de proseguir.
—Todos los presentes, que formamos parte de tu vida, estamos aquí para celebrar contigo la inauguración de la Fundación López-Galán, dedicada al estudio de la literatura universal, y que impartirá cursos, exposiciones, y toda clase de eventos relacionados con la cultura y de cuya presidenta me siento muy orgulloso.
Sheila buscó entre los asistentes a la desconocida. Pero no halló a nadie con quien no estuviese vinculado.
Volvió a mirar de nuevo a Diego.
—Y ¿dónde está esa mujer? —susurró Sheila—. Creo que llega tarde a su propia fiesta.
La carcajada de Diego sonó fuerte y profunda por la silenciosa sala.
—Ahora mismo la tengo rodeada con mi brazo.
Al oír esto Sheila dio un respingo.
—¿Qué?
—Lo que has oído mi amor. Ven acompáñame al hall.
Guiándola con su brazo el atractivo hombre acompañó a la anonada joven hacia el exterior del salón. La mesa con la azafata había desaparecido.
Diego dirigió sus pasos hacia la entrada principal donde a unos dos metros de altura una cortinilla de terciopelo cubría un trozo de pared. Al penetrar en el hall le había pasado totalmente desapercibida. La sonriente muchacha ahora se hallaba junto a la pieza de tela sonriendo.
—¿Y si me niego? —le susurró a Diego cuando se hallaban algo alejados del grupo que los seguía.
—Estarías en todo tu derecho mi amor. Pero como podrás comprobar. Tus jefes se hallan entre los invitados y ya recibieron esta semana tu dimisión. Firmada y todo.
—¿Qué? Yo no he firmado nada.
—¿Recuerdas los papeles en los que trabajaste estos días? Conseguí meter entre ellos dicho documento, recuerda también que te dije que eran cartas para mis asociados y que firmases en mi nombre.
—Bastardo.
—Amor mío —respondió él sin inmutarse.
—Y ¿todos los aquí presentes estaban? …como decirlo. ¿Metidos en el ajo?
Diego asintió sonriente.
Sheila se giró hacia todos ellos y antes de que pudiese pronunciar nada que  la comprometiese, espontáneos aplausos retumbaron por la sala.
La joven se aproximó hacia ellos y tomando por el codo a Sheila la aproximo hacia lo que supuso era una placa.
Con sonrisa algo tensa ante una veintena de fotógrafos que aparecieron de la nada Sheila agarró el cordón dorado que colgaba a un lado de la tela y tirando de él con suavidad pronunció con voz temblorosa.
—Yo como Presidenta oficial de la institución hago constancia de la inauguración de la Fundación López-Galán el día Dieciséis de diciembre de dos mil once.
Los aplausos volvieron a resonar entre las paredes. Diego la tomó entre sus brazos y acercó sus labios en un efusivo beso que Sheila correspondió ante las voces que jaleaban a la pareja.
Separándose tras unos minutos. Sheila les miró y sacó su lengua en una mueca burlona, las carcajadas no se hicieron esperar y la joven las acompañó entusiasmada.
—Señores, señoras, damas y caballeros —pronunció Diego con voz solemne—. Brindemos por la mujer más hermosa que he conocido, mi prometida Sheila y presidenta de esta nuestra fundación.
Todas las copas se alzaron a la vez.
—Salud —dijeron todas las voces al unísono y bebieron el exquisito champan.
Todos los asistentes se acercaron a la pareja, dándoles la enhorabuena y dejando paso a los demás.
De repente, una voz de mujer entrada en años se oyó entre las demás.
—Y ¿aquí cuando se come?
Todas las cabezas se giraron a mirar a la señora De Ochoa que exhibía altiva un sombrero digno de las carreras de hípicas de Ascot.
—No es que tenga mucha hambre —comenzó a explicar la mujer sin alterarse— pero tengo que tomarme las pastillas.
Una carcajada general sonó en el recinto.
—Tiene usted toda la razón mi querida damisela —corroboró Diego tomando por el codo a la anciana mujer—. Acompáñenos. La acercaré a su mesa— y bajando la cabeza a la de la altura de la mujer susurró—. Le reservé un sitio, cerca de la mesa presidencial. No crea que la vaya a perder de vista ni un momento. He visto como la miraba mi mayordomo y usted tiene reservado el primer baile para mí.
Ufana la anciana sonrió embelesada a Diego. Y con voz susurrante le dijo:
—Sigo diciendo que eres un zalamero encantador —y dirigiéndose a Sheila prosiguió—.  Átale en corto chiquilla, con esos ojos y ese saber estar más de una querrá quitártelo de entre las manos —y sonriéndole pícaramente añadió— yo entre ellas si tuviese unos cuantos años menos.
Diego besó la mano de la anciana que se dejó llevar hasta la silla, que él acompañó cuando la anciana se sentó.
Girando tomó a Sheila de la mano y ambos se acercaron a la mesa presidencial, donde Witch, Eric y sus padres esperaban.
—¿Se puede saber que les das? —preguntó en un susurro Sheila a Diego.
—¿Das a quién? —preguntó a su vez el hombre.
—A las mujeres —explicó Sheila poniendo los ojos en blanco— hasta esa vieja cacatúa ha caído rendida a tus pies.
Diego rió entre dientes y bajando su cabeza susurró en su oído.
—Respeto, consideración, igualdad… pero amor, solo amor, eso lo reservo tan solo para ti.
Sheila se ruborizó y apretó su mano sobre la de Diego como mutuo reconocimiento.
Platos y platos pasaron por delante de sus ojos. El vino, exquisito regó todos los manjares.
—Este vino está delicioso —pronunció entre dientes— pero se me está subiendo algo.
—Es el vino de Ramón. Ya te dije que tenía un negocio entre manos con él.
Acabada la cena cuando todos los comensales se encontraban felicitándoles nuevamente por el ágape en el aire comenzó a sonar una melodía. Todas las cabezas se volvieron a la vez. Un grupo de músicos hizo su entrada entre los acordes de un bolero.
—Era de esperar —gruño Witch mirando a Diego con descaro. Él por toda respuesta encogió sus hombros con una sonrisa de circunstancias en sus labios— pues no pienso bailar esta horterada.
Pero antes de que pudiese darse cuenta, Eric la tomó entre sus brazos y comenzó a moverse al compás de la música, sonriendo a la joven y sacando los hoyuelos que tanto gustaban a la muchacha, que hipnotizada se dejó llevar.
Diego también aprovechó la ocasión y ambos bailaron una canción y otra y otra. En un momento dado Sheila buscó entre los asistentes a sus padres que la saludaron desde lejos sonrientes y abrazados tiernamente. De repente su padre miró hacia sus pies. Sheila siguió la mirada hacia abajo. Witch se hallaba de rodillas en el suelo sobre su precioso vestido y levantaba las faldas largas de las demás mujeres en busca de algo. Un pequeño revuelo se formó a su alrededor, por fin, con un grito de entusiasmo su amiga se levantó. Y girándose hacia ella exclamó a voces:
—Ya te dije yo que no servía para esto —mientras en su mano, uno de los tacones de sus zapatos destellaba.
La carcajada de Sheila no se hizo esperar. Miró a Diego pero se encontró sola en la pista. En su intento por ver lo que su alocada amiga estaba haciendo se había soltado de su pareja y ahora Diego había desaparecido sin que ella se percatase de ello.
 Le buscó entre la gente pero no pudo vislumbrar la alta figura del hombre. De repente un enorme foco alumbró una de las esquinas del salón. Los músicos comenzaron a tocar una nueva melodía y Sheila comenzó a dirigirse hacia un lado de la pista cuando una bonita voz de barítono comenzó a cantar.
Sus pies parecieron quedarse pegados en el suelo. Buscó el foco con su mirada y sí, allí estaba Diego, que avanzaba hacia ella lentamente mientras sus labios le sonreían y cantaban al mismo tiempo.
Sheila comenzó a escuchar entonces la canción.
Diego terminó esta justo al llegar a su altura y arrodillándose y con micrófono en mano extendió una de sus fuertes manos tomando una pequeña caja de las de Eric, mientras a su vez le pasaba el micro. El foco los iluminaba a los dos. Un silencio sepulcral se formó en la sala.
Sheila sentía temblar sus rodillas. La mano de Diego abrió la cajita de joyería y sacó un anillo que se encontraba sobre el terciopelo del interior. Buscó entre los asistentes. Y asintiendo levemente con la cabeza comenzó a hablar:
—Mario, Julia, tengo el honor de tenerles aquí ante todos nosotros y con permiso de ustedes y delante de todos nuestros amigos y familiares quisiera pedirle en matrimonio a la mujer que ahora me mira algo aturdida…
Varias exclamaciones sonaron por la sala. Sheila tragó el  nudo de su garganta.
—… Sheila  —continuó Diego con la voz enronquecida por la emoción— ¿Me harías el honor de ser mi esposa? Prometo hacerte feliz todos los años de mi vida. Amarte, respetarte y darte todo lo que solo tú mereces y sobretodo y ante todo mi corazón.
Y diciendo esto insertó el precioso solitario en el dedo anular de la joven.
Sheila, temblorosa y con los ojos enrasados en lágrimas se agachó, quedando de rodillas a la altura de su prometido y futuro marido. Rodeó con sus brazos el musculoso cuello y acercando sus labios a los de él susurró antes de besarle:
—Si quiero, mi querido catedrático del amor.
Los aplausos, vítores y enhorabuenas a gritos no se hicieron esperar más.
Una emocionada Witch se arrodilló junto a la pareja abrazándolos mientras gruesas lágrimas de emoción corrían por sus mejillas.
—Te lo dije. Están hechos el uno para el otro.
Y Witch asintió a su vocecilla interior.








FIN

CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 30)




30


—Por fin —fue el saludo de Witch al entrar en la habitación donde se encontraba Sheila.
Esta se giró en redondo y miró a su amiga que sofocada se dejaba caer sobre la enorme cama de la habitación de invitados.
Los vestidos habían llegado en fundas especiales, al igual que el resto de los complementos y por sugerencia de Diego en unos minutos llegarían el peluquero y la maquilladora. Sus nervios se encontraban a flor de piel, al igual que supuso que los de Witch, a ninguna de las dos les iban los engorros de fiestas, vestidos especiales, peinados, etc.
 Podrían no coincidir en ciertas cosas pero en eso eran tal para cual. No entendía tanta parafernalia para una simple inauguración, y desde luego, si todas a las que tuviese que asistir como pareja de Diego iban a ser así, tendría que dar un giro de ciento ochenta grados a su manera de pensar. Comprendía perfectamente que los ambientes en los que él se movía no eran para nada a los que ella estaba habituada.
En su trabajo, siempre había conseguido evitar este tipo de eventos. Normalmente eran sus jefes los que iban en nombre de la Biblioteca Nacional. Tan solo en las ocasiones en las que su trabajo había sido premiado tuvo que hacer acto de presencia, pero el  vestido negro de corte sencillo, al cual solo había cambiado los complementos, fue su ropero de fiesta camaleónico.
Y ahora, allí estaba ella, enfundada en una toalla, con el pelo aún húmedo de la ducha y tensa como la cuerda de un violín, esperando a que dos absolutos desconocidos hiciesen milagros con su rostro y su pelo.
Sonrió tensa a su amiga que se levantó y comenzó a parlotear, signo evidente de que estaba tan nerviosa como ella.
—Diego aún no está preparado. Su traje colgaba de un galán en la habitación. Y ¡guau! tenías que ver el abrigo que va a llevar.
Sheila la miró en silencio y encogió los hombros en gesto de ignorancia. Desconocía totalmente el vestuario que había elegido Diego. Lo había mantenido en secreto al igual que ella.
—Y ¿se puede saber cómo sabes tú algo que yo desconozco? —preguntó.
En favor de Witch un ligero rubor cubrió sus mejillas.
—Pensé que estabas en la habitación principal, esperándome…
—Y, cómo no, entraste sin llamar, como de costumbre.
—Si —una risa nerviosa siguió a la afirmación—, he de decir que la toallita negra en la cintura no le quedaba nada mal. No.
Esa era su Witch. Echaba de menos sus locuras y la lengua viperina de la que hacía gala. La carcajada salió espontánea de sus labios. Coreada al momento por la de su amiga.
—Tenías que haber visto su cara cuando he entrado como una tromba en la habitación. Luego se ha recompuesto enseguida.
—¿Sí?
Witch afirmó con la cabeza.
—Sip —confirmó de voz— me ha dicho: «Al menos esta vez no llevas una tintineante bandeja entre las manos». Se ha girado y con todo el descaro ha comenzado a quitarse la exigua toalla.
—Ese es mi chico —exclamó entre carcajadas Sheila.
—He salido más rápido de lo que he entrado. No sin antes oírle gritar que estabas en la puerta de al lado.
Unos nudillos golpeando la puerta interrumpió la respuesta de Sheila.
—¡Pase! —gritó Witch.
La puerta se abrió y un hombre vestido totalmente en tonos pastel entró seguido de una bonita joven con un uniforme negro de estilista que portaba un enorme maletín.
—¿Sheila? ¿Witch? —preguntó el desconocido con voz afeminada.
Ambas asintieron y los andares del hombre iban en concordancia con su afeminada voz.
Sheila tuvo que tragarse la risa que surgió en su garganta al ver poner los ojos en blanco a su amiga. Para nada eran homófobas pero si algo no soportaban era que un gay tuviese que ser como las mariposas.
—Encantado de conoceros chicas.
Antes de que se dieran cuenta, el hombre les había estampado dos besos en las mejillas y las giraba en sus manos, estudiando con sus delineados ojos cada centímetro de piel expuesta, en este caso la de Sheila, que se sintió desnudar.
Por lo que veo tú estás preparada… pero ¡por Dios santo! tú tendrás que hacer como tu amiga…
—Sheila —respondió Witch— ella es Sheila, yo soy Witch. «Y él es Chita —redondeó su voz interior— vestido para muñeco de tarta nupcial».
Witch hubo de morderse los labios para que la carcajada que se formó en su garganta ante el comentario de su yo interior no brotase.
La voz afeminada seguía parloteando ajena a los pensamientos de la joven.
… Tendrás que ducharte o mojarte esa maraña de pelo para que podamos hacer algo decente en él.
Los labios fruncidos de Paula indicaron a Sheila que era el momento de intervenir.
—Vamos nena, te daré una mullida toalla y unas zapatillas.
—Bien —fue la escueta respuesta de la joven— iré a quitarme la mugre de mis greñas.
Y girando airada sobre sus talones abandonó la habitación en dirección al baño.
Momentos después Sheila se enfrentaba al estilista.
—Será mejor que comience mi ayudante con el maquillaje. Tu pelo corto no nos permite mucho juego con los peinados. Al menos que quieras lucir algunos de los hermosos postizos que traig…
—Ni hablar —interrumpió— mi pelo estará bien.
Ante el gesto de lo dudo mucho bonita que el peluquero dibujó en su rostro Sheila recalcó.
—La mar de bien.
Y ante el tono usado por la joven no hubo más dudas al respecto.
—Como quieras preciosa pero Lucas no puede hacer milagros.
—¿Lucas?
—¡Oh! Cuanto lo siento. Qué despiste tengo —Dijo el hombre con un movimiento exagerado de manos—. Yo soy Lucas. Lucas Bell. Ella es mi ayudante: Mary Jane. Una maquilladora como pocas.
—Encantada —dijo la jovencita en un susurro dulce.
—En realidad se llama Juana María pero como verás ese nombre no suena nada chip, decidí rebautizarla —una estridente carcajada atronó los oídos de Sheila.
—Ya —fue la cortante respuesta de ella.
—Bueno, basta de charla, que tenemos mucho trabajo por delante —ordenó Lucas golpeando sus manos— Alé alé  —instó a la joven ayudante—. Yo mientras voy a hablar con Diego. Que hombre por Dios.
Y echando una mirada al espejo, se atusó su cardado cabello rubio y salió contoneándose.
Mary Jane-Juana abrió el enorme maletín que portaba y Sheila observó asombrada la cantidad de pinceles, brochas, y paletas de color para los parpados, labios y mejillas que portaba. Ágil y en silencio comenzó a hacer su trabajo.



Eric y Diego esperaban ansiosos en el salón tras sus acostumbradas copas de güisqui. Miraron sus relojes por enésima vez y sin mediar palabra se miraron entre sí. Las chicas llevaban horas encerradas en el dormitorio. Ni siquiera habían bajado al almorzar. Phil había subido raudo unos emparedados, acompañados de sus refrescos de cola y más tarde café y pastas de té.
—A este paso llegaremos tarde —gruño Eric para quien las esperas eran desesperantes.
—Tendrás que acostumbrarte.
—Espero que no te dé por celebrar este tipo de eventos muy de vez en cuando. Esta maldita pajarita me está matando.  Y ya ni te cuento los zapatos de charol.
La carcajada de Diego tronó. Cierto. Su amigo no estaba acostumbrado como él a tener que vestir de etiqueta. Se encontraba a sus anchas en unos buenos pantalones vaqueros, una chupa de cuero y sus botas, sus eternas botas. Sin embargo él, como hombre de negocios que era, cualquier tipo de traje le venía bien. Esa noche vestiría de esmoquin.
Arregló los gemelos de los puños sobre la pulcra camisa blanca inquieto. Todo tenía que salir perfecto. Era el día de su pedida de matrimonio a Sheila. Tragó el nudo de su garganta y tomó entre sus temblorosas manos el vaso de licor.
¿Nervioso? —Preguntó mordaz Eric—. No me puedo creer que el frío, calculador y seguro de sí mismo señor Galán esté tembloroso como un niño.
La mirada gélida de los profundos ojos azules no hizo otra cosa que provocar una sonora carcajada en el joven.
—Tranquilo colega. Todo saldrá bien. Me tienes a mí a tu lado y mi Witch.
Diego asintió en silencio. Cierto. Estando esa pareja a su lado, las cosas saldrían como era debido. Contaba con la mejor de las ayudas. Todos los invitados eran amigos y familiares. Cosa que Sheila desconocía totalmente.
Ella creía que iban a una inauguración, como así era, pero no de una empresa de Diego o de algunos de sus muchos negocios sino a la inauguración de la fundación que ella presidiría y en la que él, como vicepresidente, la tendría como su inmediato superior.
 El resto del personal estaba compuesto por todos aquellos que en estos alocados meses de amor, sustos y demás anécdotas ocurridas habían compartido algún que otro momento. Sonrió satisfecho. Todo iba a salir a pedir de boca.
Tocó, nervioso aún, el pequeño paquete de su bolsillo interior. Recordó en su mente el solitario de oro blanco y platino que engarzaba un precioso diamante amarillo que tanto le recordaba a Diego, con sus destellos, los ojos color miel de Sheila, del tamaño algo más grande que una lenteja. Nada ostentoso, porque sabía que Sheila no lo aceptaría.
Se removió inquieto en el sofá. Unos ligeros pasos bajando por las escaleras hicieron que ambos hombres despegasen sus espaldas del asiento donde se encontraban.
Lucas penetró raudo en el salón.
Señores. Tengo el placer de comunicarles que sus damas ya están listas. ¿Les importaría salir al pie de la escalera para contemplar como bajan estas bellezas?
Dicho y hecho. En unas cuantas zancadas ambos hombres se encontraron a los pies de la bonita escalinata. Oyeron susurros de voces femeninas en la planta superior. La puerta de la habitación que se cerraba.
Un ligero frufrú resonó en el silencio del hall. Witch asomó levemente su cabeza por la barandilla. Lo suficiente para vislumbrar a Diego y Eric que inquietos trasladaban el peso de su cuerpo sobre los pies. Unos pasos más allá Phil y Daisy, con su eterno delantal, miraban expectantes hacia arriba.
—Vamos —se oyó susurrar a la voz de Sheila.
Una temblorosa Witch acercó su silueta al final de la escalera. Una mano enguantada agarró con firmeza la barandilla. Tragó saliva y comenzó a bajar, algo insegura al principio.
«¡Dios mío! —rogó mentalmente— mantenme firme y que no ruede por las escaleras».
Unos cuantos escalones más y Witch pudo contemplar con sus propios ojos el efecto de su vestimenta en el rostro de Eric.
Los cristalinos ojos de su pareja se abrieron como platos. Un fulgor diamantino y abrasador vibró en su mirada mientras su boca abierta manifestaba su estupor.
La mirada masculina recorrió el cuerpo que tantas y tantas veces había estrechado entre sus brazos.
La figura de Witch resaltaba a la perfección en el interior del vestido de satén negro. El corpiño en forma de corazón, resaltaba el busto de la joven. Unos guantes hasta los codos cubrían los torneados brazos femeninos.
El esbelto cuello de la joven quedaba al descubierto por el moño francés que recogía la frondosa melena de Witch. Dos pequeños rizos caían sutiles por delante de su rostro, enmarcándolo. Unos pendientes negros con piedras brillantes reforzaban el efecto.
Witch llegó al final de la escalinata. Donde raudo Eric posó un pie y extendió su mano para tomar la suya y ayudarla a bajar el último escalón.
La muchacha, nerviosa y ruborizada intentó soltarse pero el firme apretón de Eric le hizo girar en redondo. La mujer pudo oír perfectamente como el hombre deglutía al descubrir la espalda de la mujer, que quedaba casi totalmente al descubierto.
—Estás preciosa —fue la suave afirmación que Diego dedicó a la joven.
Esta miró a ambos. Más allá Daisy sonaba sonoramente su nariz. Witch sonrió al personal de servicio. Phil por toda respuesta le guiñó un ojo ligeramente enrasado en lágrimas.
—Preciosa es poco —murmuró Eric con la voz enronquecida—. Una diosa acaba de bajar hasta nosotros.
La sonrisa triunfal de Witch fue todo lo que Eric necesitaba. Acercando sus labios hacia la oreja dijo:
—Estoy deseando volver a casa para decirte cuanto te amo y hacerte el amor horas y horas.
La risa fresca de la chica se escuchó en el silencio. Tomando a Eric por las solapas de la chaqueta le susurró a su vez.
—Pues espera a ver la sorpresa que guardo en el interior.
Por toda respuesta él resopló. Con una carcajada Witch giró sobre sí misma y alzando la voz dijo:
—Sheila, preciosa, tu turno.
—Voy —respondió temblorosa una voz.
Una mano apareció sobre la barandilla. Poco después un bonito zapato de raso color plata la siguió, una fina tira sujetaba el tobillo.
Unos escalones más abajo Diego pudo contemplarla.
Un ajustado vestido color plata palabra de honor perfilaba el cuerpo de la chica.
El pelo corto despuntado enmarcaba el rostro de Sheila. Mary jane había esparcido con la yema de sus dedos pequeños puntos de brillantina, en la cantidad exacta para que al reflejo de las luces pareciesen pequeñas gotas de roció.
El efecto se remarcaba por la fina cadena de pequeños brillantes que colgaban desde los lóbulos de la oreja hasta mitad del esbelto cuello femenino.
Diego no tuvo la paciencia de Eric. Se lanzó escalones arriba y un poco más abajo de donde Sheila se había parado a esperarle, tomó la mano de la joven y la ayudó a bajar.
Una vez bajó la pareja, la voz de Eric se escuchó entre los sonoros sollozos de Daisy.
—Y ¿si dejamos la fiesta para otro momento y nos vamos cada uno para su casita?
—Que te lo has creído guapito —le encaró Witch—. No me he estado yo horas y horas emperifollando así para que luego nos vayamos de rositas para casa.
El hombre buscó el amparo de la pareja amiga. Ambos denegaban enérgicamente.
—Phil dígale al chofer de la limusina que puede aproximarse a la entrada.
Sheila esperaba expectante las palabras de alago de Diego. Pero el hombre comenzó a andar hacia la puerta.
—Un momento —se oyó decir desde lo alto de la escalera—, os olvidáis vuestras capas y los bolsos.
La joven ayudante bajo con rapidez la escalinata, extendió una capa negra a Witch que Eric tomó entre sus manos y ayudó a envolver el cuerpo de la chica.
Diego extendió las suyas.
—Gracias.
Rodeó el cuerpo de Sheila y cubrió con delicadeza los hombros. Sin soltar la prenda y girando sobre el cuerpo de la joven comenzó a anudar el lazo de la parte superior. Acercó sus labios a los de la mujer y los rozó levemente. Separó unos milímetros sus labios y dijo:
—Mi Ferrero Roché. Estoy deseando quitarte ese precioso envoltorio y probar ese exquisito interior que se adivina.
Un rubor intenso cubrió sus mejillas. Un sonoro carraspeó los interrumpió.
—Vamos goloso. Ya darás los bocaitos más tarde.
Diego fulminó con la mirada a su amigo y agarrado del brazo de Sheila dirigíó sus pasos hacia la salida.


continuación


CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 29)





29


Recorrió el silencioso pasillo hacia la salida de emergencias que ya conocía. Empujó con furia la palanca. Tendría que dar un buen rodeo para llegar a la cafetería donde Amanda la esperaba pero al menos el frío aire matinal le despejaría el enfado.
No se lo podía creer ¿Qué les diría a sus jefes? Ella, a la que siempre habían tachado de una buena profesional y de que nunca perdía los nervios ante nada ni nadie. Se ruborizó. No sabía por qué pero su relación con Diego sacaba de vez en cuando su lado malvado. Se rió entre dientes. ¡Y qué narices! Le encantaba ese lado. «Lástima que no se había quedado con un mechón de pelo de ese rubio postizo que lucía la señorita Jiménez».
Al cabo de diez minutos se encontró en el caldeado ambiente de la cafetería universitaria. Buscó entre las atiborradas mesas y encontró el brillo anaranjado del pelo de Amanda. Inconfundible. Se acercó hacia ella. Se encontraba ensimismada removiendo su Colacao una y otra vez. Sheila sonrió. No entendía cómo podían tomar ese sucedáneo de un buen chocolate. Ella mataba por un café bien cargado.
Saludó a su amiga, soltó la mochila y tomando la calderilla de su monedero se acercó a la barra. Encargó un café solo y tomó de la vitrina un emparedado mixto. Decidió darse un capricho y eligió una barrita de chocolate.
De vuelta hacia la mesa donde la esperaba una abstraída Amanda, Sheila rumiaba su enfado. Arrastró la silla y se sentó. Varios comensales de otras mesas miraron con desaprobación pero los ignoró.
Los verdes ojos de Amanda la observaban. Sheila sostuvo la dulce mirada un momento, antes de sumergirse en agitar su café indefinidamente. Un silencio incomodo se instaló por unos minutos entre ellas. Pasados esos instantes oyó susurrar a la voz de la pelirroja:
—¿Te encuentras bien Sheila?
Sentía arder sus ojos, pero no se iba a permitir llorar delante de media universidad. Encogió los hombros en muda respuesta y siguió mirando absorta el café mientras mordía sin ganas el sándwich.
—¿Qué ha sucedido en el despacho?
Sheila tragó con dificultad el trozo de pan y tomando un sorbo de café contestó:
—Me han expulsado.
—¿Qué? —exclamó Amanda, alzando su voz.
Los compañeros volvieron a centrar su atención en ellas. Sheila mantuvo su mirada y mentón desafiantes. Amanda encogió sus hombros tímidamente.
—¿Por cuánto tiempo?
—Para siempre. Expulsada del curso.
—¡No pueden hacer eso!
—Lo han hecho. Y el mismo rector de la universidad. Adivina.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Nuestra amiguita… resulta que es más amiguita de él de lo que pensábamos.
La mesa quedó en silencio. Sheila podía oír el cerebro de su compañera trabajar. Cuando la pelirroja cayó en la cuenta de lo que Sheila le quería dar a entender sus verdes ojos se abrieron como platos, al igual que sus rosados labios.
—Exactamente —fue la escueta respuesta de Sheila.
—¡Argggg!
—Eso mismo pensé yo.
Ambas se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. Pasado el momento. Amanda con semblante serio preguntó.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé ni cómo podré explicárselo a mis jefes. Tú no sabes lo que me costó convencerles y ahora esto.
—Pues diles la verdad.
Sheila la miró.
—¿La verdad? —repitió— ¿qué me he liado con quien tú sabes y que en un ataque de celos he montado una escenita en clase?
—No claro. No me gustaría estar en tu piel ahora mismo.
Tras un momento de silencio Amanda volvió a preguntar, esta vez con voz algo temblorosa.
—Y quién tu sabes ¿qué ha hecho?
Sheila resopló y puso los ojos en blanco.
—Intentó defenderme pero el rector le cortó al instante y tuvo que mantenerse al margen.
—No me lo puedo creer.
—Yo pensé que se le iba a salir la mandíbula de como apretaba los dientes —explicó Sheila entre risas.
—Hablando de la cortesana. Acaba de entrar por la puerta.
Sheila giró ligeramente la cabeza. Diana penetraba al recinto de la cafería contoneando sus caderas sobre los altos tacones habituales en ella. Paseó sus fríos ojos verdes por el local y al localizarla una sonrisa malévola apareció en sus labios. Sus ojos se encontraron y Sheila puso la mejor expresión de odio en ellos que pudo. La otra mujer sin inmutarse, inclinó la cabeza en un mudo saludo y con un estudiado manotazo recolocó su melena. Un camarero acudió al momento a atenderla.
—¿Y esta que les da a los tíos? —Preguntó enfadada Amanda—. Yo me he pasado un cuarto de hora largo hasta que me han atendido y mírala ella, con una sonrisa y un toque de pelo ahí lo tienes. Solo le falta saltar por encima de la barra y lamerle las botas —esto último lo dijo mirando con reproche al camarero.
—No quieras escuchar en alto lo que les da —respondió Sheila que volvió su atención hacia su café.
A lo lejos se oyó el timbre avisando que la siguiente hora lectiva se iniciaría en cinco minutos.
—Bueno, —comenzó a decir Amanda— tengo que dejarte, la siguiente clase está al final del campus y tendré que correr para llegar a tiempo.
Sheila asintió en silencio.
—¿Qué vas a hacer mientras?
—Me tomaré el tentempié. Había quedado con él al final de las clases pero ahora no sé. No me apetece esperar hasta las tres sin hacer absolutamente nada.
—Podrías ir a la biblioteca.
Sheila asintió.
—Cierto. Mi sanción no será válida hasta mañana. Buena idea nena. Te acompaño un trecho.
Las dos abandonaron con rapidez el recinto dejando a la rubia flirteando con el camarero que reía, extasiado, los comentarios de la mujer.



El estridente sonido del teléfono móvil resonó en el silencio de la biblioteca. Los compañeros más cercanos a ella levantaron con rapidez la cabeza de sus libros o apuntes y la miraron con enfado. Vocalizando tan solo con los labios, Sheila se disculpó mientras cortaba la llamada entrante. Miró en la pequeña pantalla la llamada perdida. Diego. Cierto. Ensimismada entre los libros no había recordado mandarle un mensaje para hacerle saber dónde se encontraba.
Recogiendo con rapidez sus pertenencias y haciendo un ruido considerable, que por toda respuesta recibió una serie de carraspeos, anduvo lo más rápido posible los metros escasos que la separaban de la recepción de la biblioteca donde soltó su pesada carga de libros y se despidió.
Salió a la luz del campus. Miró su reloj de pulsera. Las tres y cuarto pasadas. Con razón Diego le había dado un toque. Mientras andaba le puso un mensaje. Se encontrarían en el sitio acordado en cinco minutos. Colgando su mochila sobre los hombros comenzó a correr por el césped. Atravesó la zona central de la universidad en dirección a los aparcamientos destinados a los alumnos.
A lo lejos, pudo ver el BMW gris plateado que aguardaba en segunda fila, esperándola.
Saludó con la mano y disminuyó la velocidad de sus pasos. No quería llamar demasiado la atención de los estudiantes que remoloneaban delante de sus coches en animadas charlas.
Se hallaba a escasos diez metros del lujoso auto cuando Diego salió del interior.
«¿Pero qué demonios hacia?». Habían quedado en que no debían de llamar la atención y que su relación no debía ser notada por nadie. Y allí se hallaba, de pie, delante del capó de su coche, Apoyó con descaro sus nalgas sobre él y una sonrisa ladeada remarcando sus labios. Sus ojos brillaban.
Sheila tragó con dificultad el nudo de deseo que apretó su garganta. ¡Dios! le cogería allí mismo y se lo comería enterito. Pero se recordó mentalmente donde estaban y mirando de reojo al grupo más cercano de alumnos disminuyó aún más la velocidad de sus pasos.
Lo dicho. La atención del grupo había pasado de sus chanzas al lujoso coche aparcado en doble fila y a la presencia de un profesor expectante esperando a alguien. Y ese alguien era ella.
 Gruñó por lo bajo. Cuando entrase en el coche se iba a enterar. ¿A qué estaba jugando? Cambió ligeramente la dirección de su caminata. Se disponía a entrar en el coche sin llamar, aunque algo tarde, demasiado la atención. Ya habría tiempo de discutir en el interior del mismo. Diego seguía sonriéndole y apoyado en el morro.
—Perdón por la tardanza —se excusó en voz baja mientras apenas le miraba y se dirigía hacia el lateral de la puerta.
Sintió un tirón en la espalda que le hizo trastrabillar hacia atrás, desequilibrándola, pero antes de que su cuerpo cayese libremente al suelo, se encontró rodeada por los fuertes brazos de Diego, que la giraron en cuestión de segundos hacia su pecho y cuando ella alzó su rostro para protestar, los labios de él inundaron los suyos en un posesivo beso.
Sheila oyó una serie de silbidos y voces masculinas animando. Sentía su rostro enrojecer a la vez que su boca respondía con ansia a los labios de él. Las manos de Diego pasaron de su cintura a sujetar sus caderas y apretarlas sobre las suyas. Sheila rodeó la  estrecha cintura con fuerza asiéndose a ella. Cuando los labios de Diego se despegaron unos centímetros de los suyos, la mujer pudo oír a los muchachos jalearle.
—¡Ey, profe! Deje algo para luego.
—Vaya clases privadas que estarás recibiendo nena.
Sus mejillas ardían por la vergüenza. La risa entre dientes de Diego la hizo alzar sus ojos hacia las azules profundidades de los suyos.
—¡Capullo! —murmuró Sheila entre dientes— ¿Dónde queda lo de ser discretos?
Por toda respuesta él encogió los hombros y posó los labios sobre los suyos en un ligero beso.
—Se acabó la discreción —fue la escueta respuesta de él— ¿Vamos?
Despegándose del fibroso cuerpo Sheila asintió en silencio y se dirigió hacia la puerta del copiloto. Diego se adelantó a ella y le abrió galante. Penetró en el tibio interior. Acomodándose. Estaba colocando la mochila a sus pies cuando el tono de voz frío y distante de Diego llamó su atención.
—Hasta la vista señorita Jiménez.
La cabeza de Sheila se levantó rauda, dándose un ligero golpe en la frente con el salpicadero. Delante del coche, donde segundos antes ellos habían dado rienda suelta a sus sentidos se hallaba Diana, con una mueca de incredulidad en su rostro que dio paso a otra de ira en cuestión de momentos al cruzarse la mirada con la de Diego y la de la dolorida Sheila que frotaba su frente sentada.
El catedrático rodeó con largas zancadas el frontal del coche y se sentó al volante. Con calma colocó sobre el tórax el cinturón de seguridad, Sheila lo imitó. Él arrancó el vehículo y bajó la ventanilla. Puso en marcha la radio del coche y la letra de un conocido bolero salió a un volumen considerable de los altavoces del auto.
 Sheila podía ver como la rubia postiza pasaba de tener un tono bronceado de cabina estética a ser una inmejorable promotora de tomates de la huerta murciana
Diego se demoró buscando sus gafas de sol en la guantera, mientras la voz del cantante desgranaba la letra de la canción y una cada vez más enfurecida rubia los miraba desafiante. Sheila mantenía su respiración contenida. Cuando inquieta miró a Diego, éste sin inmutarse lo más mínimo, le lanzó la más radiante de sus sonrisas y con un sonoro acelerón abandonó el aparcamiento, entre aplausos de los jóvenes del aparcamiento.
Sheila pudo observar a una airada mujer a través del retrovisor de su lado, que pateaba con rabia el suelo con sus tacones. La carcajada de Diego sonó en el pequeño habitáculo.
Girándose hacia él Sheila estalló.
—¿Estás loco? Ahora le irá con el cuento al rector y mañana a primera hora tendrás en tu despacho la carta de despido por haberte liado con una alumna.
—Llegará demasiado tarde —explicó Diego—. Ya le he dejado sobre su mesa mi carta de renuncia.
—¡¿Qué?!
Diego asintió y la miró unos instantes para volver su atención a la carretera.
—Además —la voz de Diego se volvió seria—. Yo no me he liado con una alumna.
—¡Puf!
—Yo he encontrado a la mujer de mi vida, que no es lo mismo.
Ante tan resuelta declaración Sheila enmudeció. Cierto. Ambos se habían encontrado, quizás no en sitio adecuado pero sí en el momento.
—Y ¿qué demonios? —protestó su vocecilla interior— ¿Por qué no en el sitio adecuado?
Cierto también. Que el destino hubiese querido que fuesen profesor-alumna no quería decir que su amor no fuese intenso y sincero. Además eran dos personas adultas. Su vida privada nada tenía que ver con sus roles. Pero la sociedad era hipócrita, y aunque más de uno les felicitaría por ello, muchos más rechazarían su relación con vehemencia.
—Pero Diego. Has renunciado a tu profesión. A lo que te apasiona de verdad en la vida. Yo no puedo permitir que tú…
El ademán de la mano masculina cortó toda protesta.
—Tengo algo en mente.
Y fue todo lo que pudo sacar en claro. Diego se concentró en la carretera y Sheila distrajo sus remordimientos con los boleros del cedé.



Comieron casi en silencio. Sheila se sentía realmente mal por la dimisión de Diego. Él, sin embargo, aparecía relajado en la comida. Cuando decidieron tomar el café cerca de la chimenea, estiró su musculoso cuerpo sobre el mullido sofá de piel y colocó sus largas piernas apoyadas en la mesita del centro. Sonriéndole palmeó el espacio libre de al lado instándola a que sentase junto a él. Sheila así lo hizo, abrazó la cintura y apoyó la cabeza en el regazo. Podía oír los latidos pausados del corazón y la rítmica respiración que hacía que su pecho subiese y bajase acompasadamente.
De vez en cuando Diego inhalaba el humo rojo de sus cigarrillos especiales y la mujer oía sisear el aire en su pecho. El calor del hogar y del cuerpo que abrazaba, hicieron el resto. Terminó quedándose dormida. No notó cuando sigiloso Diego desplazó su enorme cuerpo fuera de su abrazo ni cuando la arropó y posó sus labios sobre su frente en un tierno beso. En silencio abandonó el salón en dirección a su despacho.
Ya sentado detrás del escritorio. Tomó el teléfono, marcó el número que sabía de memoria.
—¿Sí? —fue la respuesta al otro lado del hilo telefónico.
—Necesito tu ayuda —fue la escueta respuesta de Diego.
—¿Qué mosca te ha picado ahora? —gruño Witch—. No me vengas ahora con cambios de última hora porque todo está perfecto y no pienso mover ni un dedo más hasta el viernes.
—Es Sheila.
—¿Qué le ocurre?
Diego informó de la situación a la mujer. Despegó el teléfono de su oreja cuando una Paula furiosa comenzó a despotricar a voz en grito. Se rió por lo bajo ante las lindezas que salieron por esos labios.
—Y ¿se puede saber de qué te ríes tú? —le espetó Witch.
—Nada. Es que a veces me olvido que los camioneros a tu lado son almas benditas de Dios.
Otra retahíla de improperios siguió a ese comentario, lo cual hizo que la carcajada de Diego estallase. Dando tiempo a su joven amiga a que recuperase algo la compostura, se encendió un cigarro. Inhaló lentamente. Cuando oyó que al otro lado las blasfemias iban disminuyendo en cantidad y tiempo entre una y otra, habló.
—¿Ya?
Tras unos segundos de silencio y una fuerte inspiración por el auricular se oyó una débil contestación.
—Sí.
—Gracias.
—Y ¿qué es lo que necesitas que haga?
—No tengo que recordarte que la inauguración es el viernes…
—No.
—Witch… déjame terminar por favor.
—Perdoooona. Siga usted señor profesor.
Poniendo los ojos en blanco Diego continuó.
—¿No se te olvida algo?
Un silencio siguió a la pregunta. Tras unos minutos se oyó.
—No. Las invitaciones están mandadas. Los arreglos florales elegidos. El catering que tú elegiste. La música también. Todos están avisados de que no pueden decir absolutamente nada.
—Ya. ¿Y?
—¿Y? ¿Y? ¿Y? —repitió irritada Witch— déjate de Y y dime de una pu…ñetera vez que quieres.
Imposible. Conociéndola como la conocía jamás caería en ello.
—¿Tienes la ropa adecuada?
Silencio. Suspiro. Más silencio. Un gruñido seguido por un taco.
—¿Y bien? —preguntó Diego con una sonrisa que se notaba hasta en la voz.
—No.
—¿No? —la pregunta fue hecha en tono irónico— doña yo puedo con todo y no se me escapa nada ¿me está diciendo que no ha pensado que no puede ir con sus vaqueros habituales y que su mejor amiga tampoco?
Un silencio fue toda la respuesta que recibió el hombre. No queriendo tentar mucho más a la suerte con el temperamento de Paula, Diego le explicó.
—Por eso te necesito. No puedo llegar con un vestido de gala, presentarme ante Sheila y decirle que es para ella, así sin más, sin descubrir el pastel.
—Cierto.
—Contaba con inventarme alguna reunión en la universidad que requiriese algo así y hacerle comprarse algo para llevarla como pareja pero después de lo ocurrido hoy…
—Vaaaale hasta ahí llego. Vosotros y vuestros arranques de genio —bufó Witch.
—Bien.
—Mañana a primera hora me tienes ahí.
—Bien bruji.
—Solo Sheila tiene permitido esa expresión.
—Vale bruji.
Un gruñido fue toda la contestación de la joven.
—¡Ah! Otra cosa.
—¿Qué? —la voz de la chica sonó quejumbrosa.
Diego rió entre dientes.
—¿Puedes traer croissants para desayunar?
—Ni lo sueñes —y colgó.
Diego miró el auricular emitiendo su bip y sonrió, colgando a su vez el teléfono.
Encendió su portátil y comenzó a trabajar.



Los fuertes timbrazos de la puerta hicieron que las piernas artríticas de Phil se desplazasen a una velocidad mayor de lo que habitualmente hacían. Estirando su chaqueta y atusándose el pelo abrió la puerta ante el nuevo timbrazo.
Una alocada Witch penetró rauda por la puerta. Estampó un sonoro beso en la enjuta mejilla del mayordomo y comenzó a llamar a voces.
—¡Sheila! ¡Sheila!
La aludida asomó su cuerpo por la balaustrada del piso superior.
—¿Se puede saber dónde está el fuego?
—Baja —fue la orden que recibió de Witch.
—Un momento que…
—¡Ya!
Con un suspiro de fastidio Sheila comenzó a bajar las escaleras lentamente. Witch subió los escalones de dos en dos hasta llegar a la altura de su amiga y tomándola del brazo comenzó a tirar de ella.
—Vamos. Tenemos muchas cosas que hacer.
—Pero Witch.
—Ni Witch ni wotch. Lo primero desayunar.
Sin soltarle el brazo, la joven preguntó.
—Y ¿dónde está el príncipe durmiente? Si me ha hecho esperar una dichosa hora a la intemperie para que luego estén fríos te juro que se los aplasto en el cogote.
—El príncipe durmiente lleva ya horas levantado —fue la respuesta de Diego que se acercaba a las jóvenes desde el pasillo disimulado de su despacho.
—Bien —le contestó sin amedrentarse Paula.
Una desorientada Sheila los siguió a ambos hacia el interior de la cocina. Phil comenzó a colocar los utensilios del desayuno. Witch acercándose al mayordomo le extendió un par de bolsas.
—Phil por favor ¿podrías ponerlos sobre un plato? He traído unos cuantos más en la bolsa pequeña para ti y Daisy.
Mirando con descaro a Diego prosiguió.
—Es que conociendo al glotón de tu jefe estoy segura de que ni los oleríais.
Por toda respuesta un sonriente Diego sacó la lengua, burlándose.
—Tú,  tócame mucho más las narices y te prometo que ni los pruebas.
Diego alzó su mano hacia la frente en un saludo militar y taconeó sus talones al mismo tiempo.
—A sus órdenes sargenta mayor.
La carcajada de Sheila resonó en la cocina. La mirada airada de Witch la cortó tajante. Y agitando su mano en el aire prosiguió.
—Espabila bonita que tenemos muchas cosas que hacer.
—Pero…
—Eso pero pero no pares. Traga.
Sheila tomó el croissant que le extendía la mano de su amiga, masticó con rapidez y tomó varios sorbos de café para hacer pasar la jugosa miga del bollo.  Tomó otro de la bandeja de plata y se disponía a mojarlo cuando Witch con la boca llena dijo:
—No hay tiempo para eso. Comételo por el camino.
—Desde luego hoy te has levantado insoportable.
—Como siempre bonita —la espetó— coge tu abrigo y vámonos.
—Pero ¿se puede saber a qué viene tanta prisa?
—Las tiendas abren en una hora y hay muchas que recorrer.
—¿Tiendas? Tú ¿de tiendas? —Sheila se atragantó con su último sorbo de café.
Los castaños ojos la taladraron. Frunciendo sus labios con una mueca de disgusto explicó.
—Eric tiene que ir a una inauguración de la empresa. Necesito un vestido de gala.
La carcajada de Sheila no se hizo esperar. Los ojos de Paula se entrecerraron por toda respuesta, pero no se amilanó. Witch observaba a todos con desafío. Phil a duras penas pudo disimular sus risas detrás de la puerta del frigorífico. Diego mientras daba buena cuenta de los exquisitos bollos sonreía eufórico.
De repente la cara de Witch dibujó la sonrisa maliciosa que tan bien conocía Sheila.
—¿Te parece gracioso?
—Sí —contestó ya algo dubitativa Sheila.
—Más gracioso te va a parecer cuando te diga que tú también estás invitada.
Los ojos de Sheila se abrieron como platos. Miró a Diego que asintió tras la taza de humeante café.
—Y ¿se puede saber cuándo narices pensabas decírmelo? —le espetó irritada.
—Lo siento amor con tanto lio de trabajo se me olvidó.
—Se me olvidó se me olvidó —gruño entre dientes.
Ahora era Witch la que reía por lo bajo. Tomó un nuevo croissant entre sus dedos.
—Suelta eso. Nos vamos —ordenó Sheila.
—Tan solo este.
—¡Ya!
—Esta bieennnn. Tranquiiiiila.
Los ojos color miel refulgieron de enfado. Witch soltó el bollo como si quemase y tomando su bolso y la cazadora siguió a la airada Sheila que se alejaba hacia el vestíbulo, sonrió traviesa y guiñó un ojo a Diego. Que sonriendo lanzó un beso al aire y con sus dedos dibujó la señal de triunfo.
—Esta chica vale para todo —murmuró satisfecho mientras tomaba el último croissant y lo engullía de un bocado.



—No te hagas ilusiones, —fue la respuesta de Sheila a la sonrisa de satisfacción de Witch— ni en tus mejores sueños pienso ponerme esto.
Witch arrugó la barbilla en un falso puchero mientras pestañeaba mirando con ojos vidriosos a su amiga.
—Ni me hagas falsos ojitos que nos conocemos —la advirtió Sheila.
Por toda respuesta la aludida le sacó la lengua mientras la dependienta con un delicado gesto cubría la sonrisa de sus labios. Carraspeando ligeramente habló.
—Si me permite la señorita, —comenzó dirigiéndose a Sheila— creo que su amiga tiene razón. El vestido le queda perfecto. Parece hecho a su medida.
Sheila miró de nuevo su reflejo en el espejo. Luego la sonrisa ufana de Witch.
—Es que lo veo demasiado atrevido.
Un bufido de Witch le indicó lo que pensaba su amiga sobre sus remilgos. Contempló por enésima vez su cuerpo en el cristal. Se giró para ver el efecto del vestido sobre él.
—Está bien.
La dependienta asintió satisfecha.
—Tengo los zapatos ideales para conjuntar. Un momento por favor.
La joven se alejó hacia el expositor del escaparate. Aprovechando los momentos de intimidad Sheila se dirigió a Witch.
—Espero que estés en lo cierto.
Levantándose de la mullida butaca en la que se encontraba, Witch se acercó a ella, aproximó los labios al oído de esta y susurró.
—Si este vestido no hace que Diego desee quitártelo de inmediato y hacerte el amor durante horas, entonces, yo… dejo de llamarme Witch.
—¡Witch!
—¡Sip! esa soy yo. Para servirla.
Por toda respuesta Sheila le lanzó un manotazo.
—Pruébeselos. Creo que serán su número.
Sheila atendió la orden de la dependienta e introdujo sus pies en los altos tacones.
—No sé si podré aguantarlos durante toda la noche. Preferiría algo más…
—Nos los llevamos —cortó tajante Witch— y si no es mucha molestia. ¿Podría enseñarnos algo con lo que se pudiese abrigar un poco y que vaya con el vestido?
—Por supuesto. Vengan por aquí.
La joven las condujo hacia la zona de capas y estolas de la lujosa tienda. Tomó entre sus manos un abrigo de terciopelo con el interior del cuello forrado con la misma tela del vestido.
—El diseñador pensó en todo, —explicó la joven dependienta con un guiño— hasta en los complementos.
Sheila deslizó sus brazos por el suave tejido, anudó el lazo en el cuello y miró en el espejo el efecto de todo el conjunto.
—Estas guapa de la muerte —exclamó su vocecilla interior— estoy de acuerdo con Witch. Con esto puesto vas pidiendo guerra.
—También nos lo llevamos. Bueno, pues ahora me toca a mí. He visto por allí un modelito que creo que me va que ni pintado.
Sheila miraba anonadada a su amiga. Jamás, en los años que la conocía, Witch había disfrutado yendo de tiendas. Lo odiaba. Normalmente solía comprar siempre en las mismas tiendas, donde conocían sus gustos y en menos de diez minutos terminaban tan engorroso asunto para su amiga. Pero mirándola ahora, entre tanto vestido de fiesta y lujo, parecía que el suave perfume de la tienda había embotado su cerebro, como si se hubiese fumado un cinco estrellas y se hallase a sus anchas.
Sheila tomó asiento en la butaca que momentos antes había ocupado su amiga y disfrutó como una niña viendo a su amiga salir una y otra vez como una Julia Roberts en Pretty woman.
Seleccionada la ropa convinieron con la tienda que los trajes fuesen mandados en la mañana del evento.
Despidiéndose de la dependienta y con la tarjeta de la tienda recomendada por esta salieron al exterior.
Decidieron descansar tomando un tentempié. Sin apenas darse cuenta se les había echado la  hora de comer encima y aún les quedaba por comprar.
—Bueno, prosigamos —le dijo una sonriente Witch.
—Si no fuera porque te conozco desde niña —comenzó a decir Sheila— juraría que estás disfrutando como un niño.
—Sí, cierto. Nunca pensé que el ambiente de las tiendas de lujo iba a hacerme sentir tan bien.
Las carcajadas de ambas resonaron por la acera. Un grupo de hombres trajeados las miraron.
—¡Guapos! —les dijo Witch con descaro al pasar por delante de ellos.
Varios de ellos se rieron mientras silbaban y piropeaban a la joven, que girándose sonriente les guiñó un ojo mientras una azorada Sheila tiraba de ella.
—Aquí es —anunció Witch al llegar a un bonito escaparate donde una serie de maniquís exhibían varios modelos de ropa interior.
Al ver los corsés y los bonitos y atrevidos juegos de ropa interior del escaparate Sheila exclamó:
—¡Mamma mía!
—Sip. Madres nos van a hacer, como poco, cuando nos vean con esto puesto.
El codazo de Sheila no pudo acallar la sonora carcajada de su amiga, que segundos después secundó.



Extenuadas, con sus doloridos pies sobre la alfombrilla exterior y con las manos repletas de bolsas, las dos amigas pulsaron el timbre de la puerta. Momentos después Phil abría raudo y salía al frío de la tarde a pagar al taxista que las había acercado hasta la casa.
Oyeron las voces de Diego y Eric charlando en el salón y descalzándose ambas por el camino, hacia allí se dirigieron. Ambos hombres se hallaban sentados antes sendas copas de güisqui.
—¿Qué tal el día chicas? —fue la pregunta formulada por Eric.
—Agotador —exclamaron ambas dejando caer las bolsas y sus extenuados cuerpos sobre los huecos libres del sofá.
Eric tomando una de las bolsas de la conocida firma de ropa interior se giró y sonriendo a Witch dijo:
—Por lo que veo os ha cundido el día amor —y atravesó con su cristalina mirada el cuerpo de la chica.
Sonriendo malévola la aludida exclamó:
—No lo sabes tú bien. Cuando lleguemos a casa tienes que ver el modelito que me he comprado.
Los ojos de Eric llamearon. Una sonrisa lasciva torció sus labios haciendo aparecer el hoyuelo que tanto gustaba a Witch.
—Si vieses el conjuntito que le he hecho comprarse a Sheila. Ese sí que os desencajaría la mandíbula chicos.
Y rió entre dientes. Un cojín en su cara, lanzado por la aludida, cortó la risa de Witch.
—Eso no pienso perdérmelo yo —murmuró Diego con voz ronca mientras desnudaba con la mirada a Sheila, que sonrió sonrojada ante las promesas que los profundos ojos de Diego emitían.
—Bueno, —exclamó Eric alzando su cuerpo del sofá— pues es hora de que nos movamos y comprobemos realmente si lo que decís es totalmente cierto.
—Cinco minutitos más porfa, estoy agotada —fue la protesta de Witch ante la petición de su pareja.
—Nop —y mientras este le respondía agachó su cuerpo y tomó entre sus brazos a la joven izándola sin esfuerzo y comenzó a dirigirse hacia la puerta principal— que os cunda muchachos.
—Eso espero —le contestó Diego.
Ambos se rieron. Phil tan eficiente como siempre tomó las bolsas que Sheila le indicaba mientras seguía en silencio a la joven pareja que se marchaba.
Una vez solos Diego alzando a Sheila, la colocó en su regazo. Con su boca comenzó a acariciar la piel descubierta del cuello de la joven. Los labios del hombre rozaron ligeramente la zona mientras las manos rodeaban la cintura y acariciaban con sugerentes movimientos su espalda.
—¿Te apetece cenar o estás muy cansada y prefieres ir a la alcoba? —susurró en su oído.
Los latidos de su corazón se desbocaron por completo. El cansancio quedó descartado a un segundo plano y su cuerpo se estremeció ante lo que la voz y las caderas de Diego prometían.
—Creo… —comenzó a decir mientras rodeaba con sus brazos el musculoso cuello y una sonrisa picarona surgía en sus labios— que por esta noche paso de alimentarme… prefiero una ducha caliente y disfrutar del calor de las sábanas.
—Estoy totalmente de acuerdo —ronroneó Diego que alzándose sin dificultad con ella en brazos la llevó escaleras arriba.



El resto de la semana Diego mantuvo ocupada a Sheila redactando documentos de la empresa. Lo decidió al día siguiente de su salida de shopping-girls cuando comprobó que parecía una pantera enjaulada.
En los momentos que se encontraba a solas delante de su ordenador, sus pensamientos volaban hacia la inauguración del viernes tarde, y eso estaba a escasas ya veinticuatro horas. Un sudor frío recorrió su espalda.
Witch y Mercedes habían sido de gran ayuda. Sin ellas el trabajo de oficina habría sido tarea de locos. Eric por su parte había hecho un buen trabajo con la sala de ordenadores. Manuela, la mujer que se había hecho cargo de Sheila en el pueblo resultaba ser una recepcionista de excepción, quien lo hubiese imaginado y su hijo adolescente un auxiliar de primera.
Él se había dedicado al material de las aulas en las que iba a impartir sus cursos. Había echado mano de su agenda y varios de sus antiguos compañeros de universidad, a los que había tentado con un buen sueldo y primas, se habían comprometido por la causa de su fundación.
 El Ministerio de Asuntos Sociales y algunas cajas de ahorros también se habían implicado en el proyecto, no había hecho falta echar mano de sus dotes comerciales. Tan solo el aval de su propio nombre más el reconocimiento del trabajo de Sheila en la Biblioteca Nacional habían sido más que suficientes. En ese aspecto se encontraba totalmente satisfecho.
Su martirio era más bien en un sentido estrictamente personal. Había decidido declararse a la mujer de su vida durante el baile de gala y aún no sabía cómo coger al toro por los cuernos.
Se removió inquieto en el asiento. Roía una y otra vez el discurso que se había preparado pero a cada hora repasaba y corregía una y otra vez la forma y las palabras elegidas. Al final con un gesto de frustración cerró el portátil y decidió dejarlo todo al azar.
Unos ligeros golpes en la puerta llamaron su atención.
—Adelante.
La puerta se abrió sigilosa y Sheila asomó su preciosa cara por la pequeña rendija.
—¿Molesto?
—No, ya acabé —respondió en voz alta, pero sus pensamientos fueron: «Acabé hasta las narices de no saber cómo decirte que quiero compartir el resto de mis días contigo».
—Estaba pensando en que después de la semanita de trabajo que llevamos. Podíamos relajarnos en nuestra piscina infantil.
La sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en el rostro masculino no dejó duda del tipo de relajación que se le había ocurrido. La pícara sonrisa de ella tampoco le pasó desapercibido.
—Okey —respondió y en segundos se encontraba agarrado a la esbelta cintura de Sheila y alzándola en vilo para aligerar la marcha hacia el exterior de la casa, camino del jacuzzi.


continuación



CATEDRÁTICO DEL AMOR (capítulo 28)



28


El mes de Diciembre llegó casi sin que Sheila se percatase. Se había sumergido en una rutina diaria de clases y tardes de estudio al mismo tiempo que, de vez en cuando, se ponía al día con su trabajo ya que sus jefes no se aclaraban con su sustituta.
Tan solo las horas que pasaba con Diego cuando él volvía de la oficina se le hacían cortas. Ni que contar de las horas pasadas en la alcoba que compartían. Se ruborizó al recordar los momentos tórridos que podían contar esas paredes.
Witch la llamaba de vez en cuando. Su relación con Eric iba viento en popa y por lo último que sabía, él se había decidido a pedirle compartir piso. A Sheila casi se la cayó el teléfono de las manos cuando una entusiasmada Paula se lo contaba a gritos.
Diego, y ella sobretodo, se habían recuperado totalmente de su mala experiencia,  Alfredo se restablecía poco a poco y la fusión había sido todo un éxito. Aunque notaba a Diego tenso estas semanas y desconocía el motivo pues en cuanto le preguntaba él intentaba quitarle hierro al asunto y cambiaba la conversación sutil.
Se encontraba leyendo cuando un agotado Diego penetró por las puertas del salón, se acercó a ella y posó un tierno beso en sus labios. Su cuerpo reaccionó al momento y un hormigueo atravesó sus venas anticipando las caricias de los dedos masculinos.
 Él pasó los largos dedos por la tersa mejilla, recolocó un mechón del rebelde pelo detrás de la oreja y posó su mano sobre el esbelto cuello sujetando con firmeza la nuca y acercando el familiar rostro hacia el suyo. Volvió a rozar los jugosos labios y los entreabrió con la humedad de su lengua. La boca de ella no se hizo esperar y se abrió a la invasión. Jugueteó con ésta, mordiendo y succionando el labio inferior, tirando de él mientras con su mano acariciaba la sensible nuca de la mujer.
Las manos de Sheila se aferraron a las solapas de la chaqueta y tiró de ellas hacia sí, intentando desestabilizar el musculoso cuerpo de manera que quedase encima de ella.
Un leve gruñido de protesta surgió de la garganta de Diego pero fue acompañado por una risa pícara de Sheila y el hombre sucumbió.
Ella se había deslizado de lado y yacía sobre el sofá. Flexionó la pierna que posó en el hueco entre el cuerpo de la mujer y el respaldo mientras su gemela se apoyaba en el suelo para contrarrestar el peso. No sabía cómo pero las esbeltas piernas femeninas se habían enroscado con rapidez sobre sus caderas y se encontró rozando su núcleo que presionó.
La mujer, al sentirlo alzó las caderas. La tirantez de su pantalón le indicaba que estaba listo para la acción. Alzándola entre sus brazos la desplazó en el sofá lo suficiente para poder amoldarse a sus curvas.
Un suspiro de satisfacción brotó de la garganta de ella que sin dudarlo comenzó a despojar al hombre de la americana. Diego la ayudó en su empeño. Sheila comenzó a desabotonar la camisa de seda a rayas y deslizó las manos introduciéndolas hacia los costados.
—¡Arg! Qué manos más frías… —protestó Diego.
—Sí… necesito que me calientes…
—¡Pequeña bruja! —Susurró  poniendo las manos sobre los senos de la chica—. Tus palabras son órdenes para mí.
Contempló hipnotizada la sonrisa ladeada de Diego, que le daba un aspecto pícaro y descarado.
Los pulgares acariciaron por encima del suéter de licra los montículos de sus senos, que respondieron de inmediato a las caricias. Atrapó con ansia los provocativos labios y arqueó su espalda para aumentar el contacto con los dedos de Diego que gimió de placer ante la respuesta de ella.
Deslizó sus labios por el cuello, besando y mordisqueando la suave piel. Las uñas de Sheila se clavaron en su espalda y Diego apretó sus caderas sobre las de ella haciéndole sentir su excitación.
Las manos recorrían con caricias la musculosa espalda que se remarcó cuando él alzó su tórax en un intento de no aplastarla con su peso. Ella volvió a colocarse  hacia un lado dejando un hueco que el hombre aprovechó para acoplarse. Diego deslizó un brazo por debajo del cuello mientras con la otra mano no perdía tiempo y se introducía por el interior del suéter, subiéndolo y acariciando el seno a través del encaje.
 Sustituyó los dedos por sus labios. Tomó la pequeña y dura protuberancia entre ellos y apretó con suavidad. Las manos de Sheila acariciaban su cintura y se desplazaron hacia el pecho. Al igual que él, ella comenzó a juguetear con sus tetillas. Se estremeció y quiso provocar el mismo placer, Diego mordisqueó el pezón femenino.
Un grito salió de la garganta de Sheila.
—¡Ssshhhh! —susurró Diego sobre su escote— no querrás asustar al personal doméstico ¿no?
La sonrisa traviesa se dibujo de nuevo en sus labios. Sheila le miró y a pleno pulmón:
—¡SÍÍÍ! Así. Más.
Diego se enderezó al momento, con ojos desorbitados y mirando hacia las puertas del salón, a la espera de que un Phil asustado entrase. La carcajada de ella no se hizo esperar. Diego la miraba sorprendido. Sheila negaba con la cabeza mientras seguía carcajeándose en su propia cara.
—No ¿qué?
—Les he dado la tarde libre, tonto…
Los ojos se abrieron un instante y segundos después se entrecerraron ligeramente, sopesando la situación. Al momento una sonrisa amplia se formó en la boca masculina.
—Entonces…
Las manos de Diego dejaron de acariciarla, saltó por encima de ella  y apoyó sus pies sobre el suelo. Sheila le contemplaba desde abajo. ¿Acaso él se había enfadado? La contestación vino segundos después cuando él desabotonó las mangas de su camisa y se despojó de ella. Siguió con el cinturón y al momento los pantalones estaban sobre sus tobillos. Los mocasines de ante fueron lanzados hacia atrás y quedó desnudo casi al completo.
Los ojos color miel se deslizaron por cada centímetro de piel descubierta. El bóxer rojo de licra dibujaba en todo su apogeo el miembro masculino. Sin percatarse, Sheila humedeció sus labios con la punta de su lengua.
Como un resorte incitado por el gesto Diego se arrodilló a sus pies, sobre el sofá. Como un gran felino, desplazó sigiloso su cuerpo sobre las curvas femeninas, abriendo con sus muslos las piernas de ella.
Los brazos se apoyaron a la altura de los hombros y Sheila se encontró con el rostro de Diego sobre el suyo. Él se aproximó lentamente, a escasos milímetros de sus labios la lengua de él comenzó a dibujar el contorno de los mismos. La creciente barba le hacía cosquillas y Sheila rechazó el impulso de rascarse. En vez de eso, alzó sus labios en busca de esa boca pero él no se dejó atrapar. Desplazó ésta sobre el óvalo dejando un rastro cálido y húmedo con su lengua que poco después comenzó a juguetear con el lóbulo de la oreja.
La piel de Sheila se erizó y gimió. Arqueó el cuerpo para sentir los músculos sobre ella, Diego mordisqueó la carne y susurró sobre su oído:
—Quiero acariciar cada milímetro de tu piel con mis labios y hacer que grites hasta quedar afónica y saborear ese néctar de tu cuerpo hasta enloquecer.
Sheila sentía hervir la sangre al atravesar por su mente las imágenes evocadoras de lo que él le estaba susurrando. Por toda respuesta ella jadeó.
Diego comenzó a besar la piel del escote, sus manos se deslizaron por detrás liberando los senos del encaje que los atrapaba.
La lengua de él comenzó a dibujar círculos sobre los erectos pezones, haciendo que descargas de placer hiciesen latir con ardor el centro del pubis. Apresó entre sus dientes una de las rosadas cimas y notó como se endurecía contra la punta de su lengua. Las caderas de Sheila se alzaron en respuesta.
Sentía los dedos de Diego acariciar su abdomen, dejando sobre su piel regueros cálidos que hacían que su corazón latiese desbocado en el interior de su pecho. Poco después los dedos fueron sustituidos por la intrepidez de su lengua.
Sheila ardía.
—¡Diego! —llamó instándole a que apagase el fuego en su interior.
Una risita de satisfacción llegó a sus oídos.
—Tú comenzaste este juego, mi amor… ahora seré yo quien lo acabe… pero aún no.
Un gemido de protesta brotó de la garganta de ella pero fue apagado por un jadeo cuando la mano de él rozó el interior de sus muslos y presionó entre ellos.
Los dedos de él deslizaron ágiles el pantalón y penetraron hacia el interior. Diego acarició el botón erecto. La notaba húmeda ante sus caricias y su miembro se endureció, protestando ante su encierro. Él hizo caso omiso al mismo. Pretendía saborear tan dulce miel antes.
Comenzó a despojar a Sheila de la ropa. Quedó ante él, desnuda. Húmeda. Abierta a él.
Sin pensárselo dos veces los labios se posaron sobre esa humedad. Lamiendo. Los pliegues se abrieron impregnándolo de su sabor y aroma. Su lengua jugueteó hasta que Sheila gritó su nombre. Lamia, succionaba, ayudándose con los dedos, llevándola al éxtasis..
Cuando el cuerpo de Sheila quedó quieto Diego se desprendió del agarre y ante la turbia mirada de la mujer, lamió sus dedos. Ella gimió y tomó entre sus manos la entrepierna masculina.
Se deshizo del bóxer, liberando el miembro eréctil que se acopló perfecto entre sus manos. Deslizaba la piel, arriba y abajo, sintiendo como su erección engrosaba aún más.
Necesitaba sentirlo en su interior. Guiándolo con sus manos introdujo la suave punta sobre su sexo, Diego gimió y de un solo embiste la penetró.
Estaba ardiendo. Húmeda. Palpitante aún. Comenzó a bombear con movimientos suaves. Abriendo paso poco a poco al interior. Se dejó abrazar  por sus músculos que le apretaban haciéndole sentir oleadas de placer. La sintió humedecer y estallar a las caricias de su miembro y él se dejó llevar.
Ambos quedaron exhaustos tendidos uno sobre el otro en el enorme sofá, la leña de la chimenea crepitaba en el silencio que llegó después del juego amoroso.



Sumergida en la tibieza del agua y rodeada de espuma, Sheila contemplaba como Diego se afeitaba. Los ojos seguían con avidez cada movimiento de sus manos. Le encantaba contemplar como la cuchilla abría caminos de piel suave una vez retirado el vello oscuro de la incipiente barba. Los movimientos eran cortos, precisos, seguros. Vio que él la observaba a través del espejo y le sonreía dejando a la luz sus blancos y perfectos dientes.
 «Está para comérselo enterito».
Deslizó su mirada por la musculosa espalda, sus fuertes brazos, los prietos y perfectos glúteos cubiertos por una exigua toalla negra de rizo americano y sus largas y potentes piernas. Se pasó la lengua con ademán goloso por sus labios. Una risita masculina le llegó a sus oídos y su mirada volvió al rostro.
—Sabes. Creo que a partir de hoy voy a pensarme en darle a Phil y Daisy más tardes libres.
Las carcajadas de ambos no se hicieron esperar.
—Amor —dijo Diego—. Necesito recuperar fuerzas.
—Sí, yo también tengo hambre. Pongámonos algo y bajemos a cenar.
Sheila cubrió su cuerpo con el batín de seda de Diego y este se puso los pantalones del pijama a juego con el batín.
Penetraron en la cocina donde Sheila se acercó al horno y lo conectó.
—Hice lasaña para ti.
—Si la haces tan bien como lo que ha ocurrido en el sofá…
Sheila por respuesta le tiró el paño de algodón pero reía satisfecha. Entre los dos dieron buena cuenta de la fuente. Diego repitió dos veces y una vez recogida la cocina decidieron disfrutar de unas copas viendo una de las muchas películas que él tenía en su colección.
Un silencioso Phil apagó el televisor de plasma del salón y atenuaba las luces del mismo, sonriendo a la dormida pareja que se encontraba enlazada sobre el sofá.



El primero en despertar fue Diego ante el hormigueo doloroso de su brazo. La cabeza de Sheila se hallaba sobre el bíceps y apoyaba el rostro sobre su pecho mientras con el brazo rodeaba su cintura. Se hallaba totalmente inmovilizado. Contempló en silencio el relajado rostro de la joven. Comenzó a juguetear con las ondulaciones de su corto cabello, que sin llegar a ser rizos hacían que este pareciese rebelde.
Acarició la frente. Una leve arruga de concentración se marcaba sobre ella. ¿Qué estaría soñando? Un suspiro de satisfacción brotó de los labios femeninos y Diego sonrió recordando la tarde anterior.
Recordaba cada una de las caricias femeninas en su cuerpo. Las frases dichas en la pasión del momento.
«Quiero tu sexo. Te quiero a ti, cada poro de tu piel, cada caricia de tus dedos y tus labios. Tus miradas, tus sonrisas. Lo quiero todo.»
A su mente le vinieron sus palabras. Por supuesto que lo había dicho totalmente en serio.
La necesitaba en su vida. Anhelaba compartir más horas con ella. Más momentos íntimos. Y por qué no, más peleas. Le encantaban sus reconciliaciones. Como respuesta a sus pensamientos Sheila se arrebujó más contra él y Diego sonrió de nuevo.
La alarma de su reloj de pulsera comenzó a sonar haciendo que Sheila protestase entre sueños antes de que él consiguiese librar su muñeca para apagarla. El reloj marcaba las siete de la mañana. Necesitaba ducharse antes de ir a dar el visto bueno a las obras de acondicionamiento del nuevo edificio que había adquirido. En una semana quedaría inaugurado y necesitaba concretar más asuntos con Witch.
Había sido de una gran ayuda a la hora de decidir la decoración del mismo y la rebelde joven también se había hecho cargo de la preselección del personal, al cual él tan solo tuvo que dar su conformidad ya que su reciente amiga era  totalmente eficaz.
Todos se hallaban estresados y se las tenían que ingeniar para poder contactar sin que la mujer que se hallaba entre sus brazos sospechase nada.
Sus pensamientos quedaron cortados cuando Sheila con un sobresalto se alzó de entre sus brazos.
—¿Qué hora es?
—Tenemos el tiempo justo para una rápida ducha y un desayuno antes de entrar a clase.
Sheila parpadeó confusa al mirar su entorno.
—Nos quedamos dormidos en el sofá —pero fue más una afirmación que una pregunta.
—Creo que sí. Y Phil ha debido de apagar el televisor porque yo no recuerdo haberlo hecho y tú caíste dormida antes que yo.
—¿Phil?
Diego asintió.
—Al menos —y una pícara sonrisa se dibujó en sus apetitosos labios— no estábamos desnudos.
Diego protestó juguetón ante el cachete de ella en su pierna al comenzar a levantarse.
Media hora más tarde ambos abandonaban la casa camino de la universidad. Diego, por fin comenzaba de nuevo a impartir el curso.



Sheila saludó a Amanda al sentarse sobre el asiento de madera. Miró hacia su derecha y arrugó sus labios con disgusto. Diana, la rubia pechugona había vuelto, durante el tiempo que el sustituto de Diego había impartido las clases, ni había aparecido. ¿Quién demonios le habría avisado de que él volvía hoy? Tan solo ella y Amanda lo sabían. Miró a su pelirroja amiga en silencio y Amanda por muda respuesta puso los ojos en blanco e hizo un gesto con los dedos sobre su boca simulando vomitar. Sheila rió entre dientes. Necesitaba estos momentos de distensión.
Notaba sus manos sudorosas. No sabía cómo comportarse durante la clase de Diego. Nadie, excepto Amanda, conocía de su estrecha relación.
—Tranquila.
Le susurró la pecosa mientras agarraba su mano en un apretón de ánimo. Sheila asintió mordiendo nerviosa su labio inferior. Por el rabillo del ojo podía observar como la rubia de bote se acicalaba y abría un botón más del escote, ya de por sí profundo, de su camisa y alzaba su falda un poco más allá del medio muslo. Notó como su rostro se ruborizaba pero de rabia. Su compañera, ajena a la reacción de ella, perfilaba sus siliconados labios nuevamente.
Vislumbró un ligero movimiento en la puerta por donde Diego accedía al aula. Recolocó su trasero nerviosa y hundió el rostro en el interior de la mochila, en un intento de calmarse.
Un ligero murmullo de voces se alzó en el aula, por lo que Sheila dedujo que Diego ya había hecho acto de presencia en ella. Una serie de ¡Ey! y ¡ya era hora! se oyeron desperdigados. Se sonrió ligeramente. En verdad, se le había echado de menos.
Terminó de preparar las hojas y sacó su pluma. La acarició entre los dedos. Y rememoró el momento en que él se la había devuelto. La voz de Diego la devolvió a la realidad.
—¡Buenos días! —Fue el escueto saludo.
 Por fin se atrevió a alzar la mirada y encontró a Diego apoyado en la parte delantera de la mesa, sobre su trasero. Las piernas insolentemente largas, enfundadas en sus pantalones de cuero negros, botas tejanas negras, un suéter de licra de idéntico color remarcaba el tórax y los abdominales masculinos, haciendo comprobar que no había ni un milímetro de grasa de más en ese cuerpo.
La temperatura del cuerpo de Sheila subió unos grados. Con satisfacción y por qué no decirlo, algo de celos, comprobó que no era la única con esa clase de pensamientos de su profesor.
A la rubia de bote solo le hacía falta babear. No, babeaba  ya directamente. Los sutiles toques de pelo y caídas de ojos de las demás no le pasaron desapercibidos tampoco. Si incluso Amanda a su lado permanecía con la boca abierta y la punta del tapón de su Bic rozando sus labios mientras miraba embelesada el atractivo espécimen masculino que se hallaba a escasos metros de ellas.
Sheila con un ligero codazo en las costillas la sacó de su ensimismamiento y la pelirroja paso a tener el mismo tono de su pelo pero esta vez en su rostro.
Lo de Diana era otro cantar. Sheila abrió sorprendida la boca cuando la vio cruzar sus piernas con lentitud premeditada.  Se alzó del pupitre en cuestión de segundos. Esa zorra iba a tener lo que se merecía. Un carraspeo de advertencia la hizo mirar al frente y volvió a sentarse.
Diego se hallaba en la misma posición pero sus brazos se habían cruzado frente a su pecho, y la mirada azul profunda de él la taladró por unos segundos en mudo aviso, antes de sonreír, como si tal cosa al resto de la clase y comenzar a hablar.
—Ante todo, saludaros de nuevo y disculparme por el tiempo que no he podido dedicaros.
—¿Dónde ha estado profesor? —preguntó con descaro la rubia.
—He estado de baja por prescripción del médico.
—¡Oh! —la exclamación de la mujer le sonó a Sheila artificial—. Cuanto lo siento Diego.
«¿Diego?» Bufó Sheila en su interior. Le iba ella a dar Diego a esa bruja en cuanto abandonasen el aula. ¿Desde cuándo se tomaba esas confianzas con su chico?
La mano de Amanda se posó sobre su muslo instándola a que se calmase. Sheila tomó la mano de su amiga entre la suya. Necesitaba sujetarse o acabaría levantándose y yendo hacia esa arpía para descolocar su repeinada melena, quedándose al mismo tiempo con un buen mechón de pelo entre sus dedos.
—De otro sitio le arrancaba yo el mechón —gritó su otro yo.
Sheila sintió deseos de reír con histeria por el comentario soez de su vocecilla. Notó, antes de ver, la mirada de Diego sobre ella. Su rostro permanecía serio e inexpresivo mientras sus ojos la taladraban en silencio. La voz aflautada de la compañera volvió a oírse en el silencio sepulcral que había inundado el aula.
—¿Acaso te parece gracioso que nuestro profesor haya caído enfermo?
Sheila miró a su alrededor. Una veintena de pares de ojos esperaban su contestación.
«¡Dios! tierra trágame. He debido de reírme en alto.»
Azorada paseó sus ojos por sus compañeros e intentó sostener una sonrisa de disculpa en sus labios. Miró a la otra que esperaba expectante su contestación. Carraspeó antes de contestar.
—Por supuesto que no.
El bufido y los aspavientos de fingida indignación ante su respuesta  fue lo que hizo que su lengua estallase.
—Lo que me hace gracia es tu patético flirteo con el profesor.
Sheila pudo escuchar a la perfección las carcajadas del resto de sus compañeros que intentaron disimular entre toses y ruidos. Alzó el mentón con satisfacción. Al menos, no era la única que lo pensaba.
El rubor  de Diana,  que cubrió hasta la raíz de su falso pelo, le hizo sonreír arrogante pero su sonrisa se congelo en los labios al mirar a Diego, que en pie y con el mentón apretado la taladraba con la mirada.
«Se lo tenía merecido» intento explicarle con la mirada.
La impresionante silueta del hombre se acercó hacia sus alumnas.
—Señoritas… quiero verlas a las dos en mi despacho cuando terminen las clases. Y ahora si no les importa, voy a continuar con la programación.
El enfado de Sheila en el transcurso de la clase no mejoró para nada. Quedó con Amanda en la cafetería antes de ir tras los pasos de Diego y de la rubia que sonreía ufana tras cortar una llamada de su móvil de última generación.
«¿De qué se reía la tonta de las narices?»
—La tonta de los güess diría yo —la contestó su vocecilla.
—Sip —le dio la razón mentalmente Sheila pero mantuvo su boca cerrada.
Atravesaron la puerta del aula que daba acceso a la zona del profesorado. Sheila podía ver la tensión en los hombros de Diego. Sus largas zancadas también indicada su estado de ánimo.
Detrás iba la rubia, taconeando e intentando mantener el ritmo del profesor pero por mucho que contoneaba las caderas, sus, también largas piernas, no llegaban a la velocidad de Diego.
Ella, arrastraba sus deportivas con desgana por el largo pasillo. No temía para nada lo que ocurriese en el despacho, más bien la pelea que vendría después en casa. Y es que por una vez tenía que haberse mordido la lengua y no entrarle al trapo a la rubia bobalicona.
Se asintió ella misma en silencio. Seguramente eso mismo le diría Diego, y tendría toda la razón pero inconscientemente su mentón se alzó unos centímetros hacia arriba.
Al llegar a la puerta del despacho, que tan bien conocía, Diego, les cedió el paso para que penetrasen en el interior. Diana fue la primera en acceder a la habitación, al pasar por delante del hombre Sheila miró hacia su rostro. Los ojos de él la penetraron en silencio y la ceja levemente alzada en muda advertencia.  Giró la cabeza hacia el otro lado con desaire y penetró a su vez al interior. Detrás de ella oyó la inspiración profunda que Diego hacia ante su gesto y como cerraba la puerta en silencio. Se adelantó a ellas para posar su maletín sobre la cubierta mesa y se sentó sobre su butaca.
La rubia, sin invitación previa por parte de Diego, hizo lo mismo.  Cada vez más enojada Sheila los imitó. Una vez estuvo sentada, su prometido no se anduvo por las ramas.
—Vamos a ver señoritas —comenzó a decir Diego—. No pienso consentir en mis clases lo que ha ocurrido hoy.
Paró con un ademán de su mano la protesta de la rubia.
—No, no señorita Jiménez. No voy a entrar en quien comenzó la discusión, — y su mirada se posó por unos segundos sobre Sheila— son ustedes personas adultas, se presupone que saben comportarse como tal y que sus diferencias tienen que saldarlas ustedes en el campus o donde quieran pero durante mis clases no.
Diego calló mientras sus manos se unían frente a su rostro. Momento que aprovechó la rubia para hablar.
—Pero fue ella la que comenzó. Yo tan solo le hice a usted una pregunta y expresé mis sentimientos. Eso fue todo —explicó en tono infantil.
Sheila se disponía a atacar a la yugular cuando unos golpes en la puerta interrumpieron su contestación. Antes de que Diego diese permiso, la puerta se abrió de par en par y un airado rector penetró en el cuarto.
—Me he enterado de lo ocurrido, señor Galán, y he venido en cuanto me ha sido posible.
Sheila miraba boquiabierta al hombre que la miró a su vez con el rostro enrojecido y sudoroso.
—Menudo carreron se acaba de meter este hombre —comentó su voz interior—. Seguro que cuando salgas podrás ver el rastro de babas que ha ido dejando su lengua por el pasillo.
Dominó a penas la risa y regañó mentalmente a la descarada voz.
—Señorita, —continuó hablando el rector y se dirigió a ella— le exijo una explicación.
—¡¿Qué?! —exclamaron ella y su voz mental.
¿Le exigía una explicación? Primero, aquí había dos personas implicadas. Segundo, no hacía falta ser muy listo para saber a quién narices había llamado la zarrapastrosa que estaba a su lado. Tercero, ¿quién demonios era que el mismo rector se personaba en su defensa?
—Bueno señor… —comenzó a decir Diego en su defensa, pero al igual que momentos antes él, el rector con un ademán le cortó.
—No hace falta que usted me explique nada, señor Galán. La persona que me ha informado lo ha hecho muy bien. Sé a ciencia cierta que quien comenzó la discusión fue la señorita López que insultó a la señorita Jiménez insinuando que buscaba algo más de usted. ¿Es eso cierto? —y esta vez el rector se dirigió hacia Diana que simulaba un puchero.
—Por favor señor, usted me conoce, como puede llegar a tal conclusión.
La mirada del hombre taladraba, celosa, el rostro de la joven.
—Ya te digo que la conoce, —replicó su voz— como que se la está tirando. Esta putón verbenero se está tirando a este vejestorio. ¡Puag!
Sheila parecía seguir un partido de tenis, su mirada pasaba de uno a la otra en segundos. Ante el silencio de la pareja sus ojos se posaron sobre Diego, que al igual que ella miraba anonadado a ambos y también se posaron sobre ella. Sheila pareció leer en ellos.
«¿Estos dos? ¿Juntos?»
Un imperceptible movimiento de sus hombros le hizo saber. «Ya ves». Los ojos azules se alzaron un momento hacia arriba. Carraspeó y centró de nuevo su atención sobre la extraña pareja.
—La conozco señorita, casi desde que era una niña…
«Sepamos —se dijo mentalmente Sheila.»
—¡La jodiiiimooossss! —le dijo a su vez su voz.
«¡Mierda! » —pensó Diego.
—Y por eso  —continuó hablando el rector—, pondría una mano en el fuego en que no fue usted quien comenzó la discusión.
Girándose se enfrentó a Sheila.
—Con lo cual, solo nos queda una culpable. Y como tales comportamientos no se han tolerado nunca en esta universidad ni se toleraran mientras yo sea rector de la misma. Queda usted expulsada.
Sheila pudo vislumbrar la sonrisa de satisfacción de Diana antes de que recompusiese su rostro.
—Cuanto lo siento Sheila —dijo con falsa dulzura— pero el señor rector tiene toda la razón. Si se dejase caer esto en saco roto… no habría quien acudiese con tranquilidad a las clases. Sería el caos, todo el mundo haría lo que se le antojase y eso no puede ser.
—Muy bien dicho señorita —ratificó el rector a la alumna mientras con sus ojos se la comía.
—Pásale un kleenex al viejo verde… —farfulló su voz— me está poniendo enferma con tanta baba.
Ignorándola, Sheila  se alzó del asiento, tomó su mochila y mirando a Diego dijo:
—Ha sido todo un placer conocerle y estar en sus clases profesor Galán. En otra ocasión y en otra universidad estaré gustosa de compartir con usted todos sus conocimientos.
Se encontró con los ojos entrecerrados del rector, que buscaba doble intención, la cual tenía, en las palabras de la joven. Pero no pudiendo reprobar nada de lo que había dicho extendió su mano hacia la joven.
—Bueno señorita… es una pena que nos tengamos que despedir así.
Sheila miró la extendida mano del rector, al cual, debía de haberle ganado la conciencia e intentaba paliar el mal hecho con un apretón de mano. Miró el enrojecido rostro, ahora por la vergüenza e ignorando a ambos giró sobre sus talones y salió del pequeño despacho, cerrando la puerta en silencio.